Fueron dos pibes


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Iván y Ezequiel. En el medio, Gaby Carpinetti, su abogada. Imagen: La Garganta Poderosa
Por Horacio Cecchi

La primera condena por torturas a prefectos, subordinados del poderoso Ministerio de Seguridad que conduce Patricia Bullrich, la lograron dos chicos, hoy de 17 y 20 años, pero que tenían 15 y 18 cuando fueron detenidos ilegalmente y torturados. El valor de la denuncia de Iván y Ezequiel reside en que la hicieron a la edad en la que se es, no sospechoso, sino culpable para el discurso punitivo que atraviesa a la sociedad de los adultos. Pero, además, ambos pertenecen a la población más vulnerable a la mirada desconfiada de la sociedad que los margina, los vecinos de las villas urbanas. Vigilados y sometidos permanentemente por los uniformados enviados a custodiar la “seguridad” al corazón de esas villas. Fueron seis de ellos, Leandro Antúnez, Orlando Benítez, Osvaldo Ertel, Eduardo Sandoval, Yamil Marsilli y Ramón Falcón, los que los detuvieron y torturaron, no se puede decir porque sí, ya que no existe motivo que lo justifique. Eso mismo es lo que demuestra el tremendo poder de impunidad que les entrega, en bandeja, como prenda para que cumplan su misión. “Hagan lo que quieran pero manténganlos con miedo”, bajan línea desde arriba. Ejemplos y doctrina sobran.

Llegar a la condena significó atravesar amenazas cotidianas, significó decir “este soy yo y vengo a denunciar a este funcionario de Prefectura que me detuvo y me torturó”, y pasar por la lupa de los médicos casi siempre volubles al poder policial para que se acrediten las marcas que ellos, dos pibes de la villa, dicen que les hicieron los que están para evitar la inseguridad.

A fin de mayo, una banda de colegas de los ahora condenados entraron uniformados (es con los uniformes que logran el miedo que pretenden) y a los golpes, palazos, para detener ilegalmente a dos jóvenes como ellos, militantes de la Garganta, y manosear y abusar de una de las chicas que estaba con ellos, detenerlos e iniciarles una causa judicial, que avanzó un fin de semana, como para que Iván y Ezequiel supieran de qué lado está esa representación de igualdad con los ojos vendados, que siempre lastima para el mismo lado.

Contra todos esas dificultades y muchas más avanzaron esos dos chicos hasta lograr la condena.

En: Página/12

 

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