Cuando a la tortura la llaman “muerte dudosa”


EL PADRE DEL CADETE EMANUEL GARAY DENUCIO QUE LO LLAMARON CINCO VECES PARA CAMBIAR EL ACTA DE DEFUNCION DE SU HIJO

Por Horacio Cecchi

 

Mientras empiezan a ventilarse chateos entre los cadetes que sobrevivieron a los malos tratos recibidos durante su primer día de instrucción policial, Roque Garay, el padre de Emanuel, el joven de 18 años cuyo cuerpo no resistió las torturas a las que fue sometido durante el baile de bienvenida, denunció que hubo “aprietes” para que en el acta de defunción de su hijo figurara “muerte dudosa”. Garay afirmó que “cinco veces fui apretado para que entregue el documento. Esto no puede ocurrir en tiempo de democracia, no lo vamos a permitir”. En la causa, el fiscal general de La Rioja, Hugo Montivero, anunció

que solicitará la detención de los seis cadetes de mayor edad, acusados de participar en las torturas. Luis Oropel, el joven que había sido trasladado a una clínica privada de alta complejidad en Córdoba, se recupera (le retiraron la diálisis) y anunció a través de una hermana que desistió de sus intenciones de ingresar a la policía.

Roque Garay, padre de Emanuel, el joven cadete de la policía de la provincia de La Rioja muerto en un entrenamiento de esa fuerza, denunció que recibió cinco llamados intimidatorios en los que le exigieron cambiar los motivos de la muerte de Emanuel. Además, afirmó que “cadetes más grandes también maltrataron” a su hijo. Y que los aprietes alcanzaron a los médicos que atendieron al joven. que fueron amenazados con ir presos si no firmaban en blanco el certificado de defunción.

Nicolás Azcurra, abogado de los Garay, denunció que en el “baile” al que fueron sometidos Emanuel y sus compañeros, hubo seis cadetes de segundo año con activa participación y pidió su arresto. Se trata de Oscar Quinteros, Cristian Brizuela, Facundo Carrión Agüero, Aynara Balinsky, Zulema Díaz y Romina Oviedo.

Sobre la investigación de la muerte del cadete Emanuel Garay, el fiscal general, Hugo Montivero, anunció que pediría la detención de los seis cadetes acusados. Sostuvo que la causa había sido iniciada por lesiones gravísimas y que luego de la muerte de Garay cambió a homicidio simple en contra de ocho policías, y por incumplimiento del deber de funcionario público en concurso real. Los ocho policías que fueron detenidos son el subdirector general del Instituto de Seguridad, comisario mayor Dardo Nicolás Gordillo; el director de la Escuela de Cadetes, comisario inspector Ramón Alberto Leguiza; el jefe del Cuerpo de Personal Masculino, comisario Jorge Marcelo Leguiza; y la jefa del Cuerpo de Personal Femenino, comisaria Adriana Mabel Rodríguez; la oficial inspectora Nadia Soledad Bravo, los oficiales subinspectores Elio Gonzalo Marcial e Ivana Karina Luna y el oficial ayudante Marcos Antonio Miranda.

En la causa se ordenaron allanamientos a la Escuela de Cadetes, secuestro de historias clínicas y del informe de autopsia.

En el Sanatorio Allende de Córdoba, entre tanto, Luis Oropel (25), otro de los cadetes que fueron atravesados por la instrucción policial, se recupera aunque continúa en terapia intensiva. Su hermana, Lucía Gómez, confirmó la mejoría y la intención del joven de no reintegrarse a la fuerza policial. “Ayer no ha recibido diálisis, así que su riñón está recuperándose y funcionando de manera natural”, contó. La joven definió como “terrible” lo vivido por los cadetes. Describió las “más de nueve horas en las que los sometieron a un entrenamiento durísimo sin hidratación”. Gómez precisó que hubo rotura de los músculos del cuerpo “que entraron a liberar toxinas que se pegaron a sus riñones y paralizaron su funcionamiento”. Respecto a su hermano dijo que “no quiere saber nada con volver a ese lugar”. También contó que Oropel sabe del fallecimiento de Garay y que presentaron una denuncia en la fiscalía de La Rioja. “Queremos llegar hasta las últimas consecuencias y que la ley aplique la condena que se merecen”, cerró.

En los medios locales circuló la declaración de una cadeta que había sobrevivido a la “bienvenida”.

“Llegamos a las cinco de la mañana, desayunamos, y nos cambiamos. Estuvimos parados hasta las nueve de la mañana, allí empezamos la charla y seguido los ejercicios” dijo a Radio Fenix y agregó, “no nos permitían tomar agua, pero lo hacíamos a escondidas, al ver que no nos daban, buscábamos nosotros.”

Además sostuvo que “había un jefe esa mañana. Los cadetes nos ayudaban. Controlaban que no nos quedemos o dejemos de hacer los ejercicios. No nos daban órdenes, si no fuera por ellos nadie tomaba agua”. En la descripción ubicó a un enfermero, que hacía el mismo papel que los médicos en los campos de tortura, verificar que se pudiera continuar con los tormentos. Un enfermero encargado de tomarles la presión arterial cuando caían desmayados, “nos revisaba, nos recuperábamos y volvíamos a entrenar, incluso yo le pedí al enfermero agua y me dijo que no tenía”. “Atrás de los campos de instrucción nos mandaban a trotar y tomábamos agua de la pileta de natación. No nos importaba si estaba sucia”, dijo la cadete. “Lamentablemente conocí el pozo estancado que tienen ellos, nos meten ahí y nos tiran gas lacrimógeno. Quien sale antes de lo previsto se tiene que ir. También conocí el sartén, es bastante feo, nos tiran en el cemento caliente para hacer ejercicios y hay que aguantar.”

Ayer comenzaron a circular chateos que mantienen o mantuvieron los cadetes sobrevivientes. “Deberíamos juntarnos y salir a contar la verdad”, decía uno. Otro revelaba que le ordenaban “déjenlo solo, que se muera el marica ése”.

En: Página/12

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