¿Dónde estuvo el Estado?


La carta que hizo pública Alvaro Ulloa, director del Inadi de Salta, después de visitar a la niña wichi violada, el 31 de mayo.

 

Ayer pude visitar a A., en el Materno. Tiene 12 años, no habla castellano, nunca fue al colegio.

Es la quinta hija de nueve que nacieron vivos, tiene documentos, como toda su familia, vive en Alto de la Sierra, departamento de Rivadavia, allá al norte, donde Salta limita con Bolivia y Paraguay.

A. tiene una discapacidad severa, nunca tuvo pensión ni cobró la asignación universal para la niñez, nadie le dijo que tenía derecho. Su padre, Nicasio, hace changas, en Alto de la Sierra. Changuear significa tallar un poste a hacha y cobrar unos pocos pesos que pagan un par de días de la familia.

En noviembre del año pasado seis o siete hombres la atacaron, la violaron y la dejaron tirada a orillas de la represa.
El padre hizo la denuncia, el médico la revisó y comprobó violencia. Ese médico que trabaja en Alto la Sierra es boliviano, estudió en Cuba y no puede firmar como médico en Argentina porque no revalidó su título, pero es el que está. Es el que el Estado salteño contrata en esos parajes.
No pudo firmar y a cuenta de el firmó el bioquímico. La defensa de los atacantes se agarró de ese detalle y no perdonó la falta de habilitación para la pericia. Al tiempo salieron libres.
Cuatro días más tarde, cuando el camino permitió llevar a A. a Morillo un médico la examinó y escribió que no podía constatar violencia.
Rivadavia tiene casi 26.000 km cuadrados, unos 35.000 habitantes mixturados entre criollos y wichis, unas 8.000 viviendas censadas, no tiene cloacas ni agua potable, es el lugar donde Lanata descubrió el hambre de agua, el departamento donde Brenda del paraje la Medialuna murió hace apenas diez días de desnutrición disfrazada en su certificado médico de deficiencia pulmonar.
En Rivadavia, cerca de la Puntana fue asesinada hace un par de años Evelia Murillo, una docente rural que protegía a una chica wichi de la persecución de José Tomás Macu Cortez.
El Estado no estuvo para proteger a Evelia, ni a Brenda, ni a A. S. ni a docenas de chicos wichis que mueren por año por enfermedades que no matan, que a cualquier chico bien comido, con agua potable y un médico competente le dejan apenas unos pocos días en cama.
Andrés Serapio, enfermero de Alto de la Sierra cuenta que no hay más que una ambulancia, que está rota, que en esa geografía de miles de kilómetros cuadrados no hay un vehículo confiable para trasladar un enfermo.
Cuenta de los visitadores médicos mal pagados poniendo de su sueldo para pagar el combustible en las motitos para llegar a uno de esos ranchos alejados para controlar el peso, y cuenta que a veces llegan tarde.
Cuenta que a veces no hay médico y tienen que rebuscarse con lo que saben.
Nadie se acercó a A. ni a Nicasio S., ni a Francisca I. a explicarle que tenía derecho a la pastilla del día después, nadie le explicó que podía acceder a un aborto no punible por ser menor, discapacitada y violada.
Nadie se acercó a contenerla, a garantizarle atención médica, alimentación suficiente y ayuda emocional.
El ministerio de DDHH le echó la culpa a Salud Pública, Salud Pública no respondió y Asuntos Indígenas, convertido en ministerio hace varios meses mira para otro lado intentando pasar inadvertidos, cosa que consiguen no sólo en este caso sino en la diaria.
A. va a perder a su hijo, se lo dijeron a Francisca su madre. Las ecografías que le realizaron hace un par de días muestran una malformación craneana complicada.
Ella no entenderá mucho, los médicos hablan castellano y nadie dedicará mucho tiempo a explicarle.
Hace unos días no sabía siquiera que estaba embarazada. Hablé con Francisca. La visité en el Materno, separada de sus hijos, cansada de pobreza, le pregunté si necesitaba algo y me pidió un encendedor, bajamos a comprar uno, algunos caramelos y chocolates  para A., tiene doce, entienden, apenas doce años.
Cigarrillos no vendían, le expliqué que no podía fumar en el hospital, que estaba prohibido, que si la veían fumando alguna enfermera la iba a retar, que saliera afuera.
Fue la única vez en la conversación que sonrío, cansada, dolida, harta de dolor. Después me pidió que la acompañe de vuelta al cuarto porque no sabía volver.
Los dejaron solos toda su vida.
Alvaro Ulloa

 

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3 comentarios

Archivado bajo Opinión

3 Respuestas a “¿Dónde estuvo el Estado?

  1. Son seres invisibilizados por todos los sistemas de protección,no les llegan los derechos por pobres,desamparados fuera de un contexto social ignorado por analfabetos,whichis,sin acceso a las míminas necesidades,todas insatisfechas.No viven sobreviven.Es vergüenza ajena y propia,no los vemos,no existen,nacen ,crecen se reproducen y mueren.Inhumano con estado ausente desde el inicio de los tiempos,intuyo que así seguirán,ocultos no por vergúenza sinó por ignorar una realidad que no los consideran humanos.
    Doloroso.

  2. Mercedes

    Y donde estuvo el INADI ? Y donde estuvo Ulloa? no es acusatorio el comentario; es para entender las incumbencias, donde residen las responsabilidades

    • Mercedes, estoy totalmente de acuerdo contigo. Es una pregunta que deberá responder Ulloa y habría que hacérsela. Supongo que su denuncia y la difusión pública de la carta pueden apuntar a intentar cubrir ese vacío hasta fin de mayo. Vacío del que él, como parte del Estado, es responsable. La carta, de todos modos, me pareció una buena descripción de situación. Por eso la publico.
      saludos
      H.

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