Eufemismos periodísticos


Columna de opinión publicada por los amigos de Asociación Pensamiento Penal:

Por Horacio Cecchi

En los últimos cinco años se produjo un saludable blanqueo del periodismo, interpreto que disparado no a conciencia sino como un desplazamiento lateral de la polarización informativa producida por el enfrentamiento entre el gobierno nacional y especialmente Clarín y La Nación. Esto se puede verificar desde los titulares sobre los tironeos por la 125, los cacerolazos y el espacio y edición que cada medio le dio a las coberturas de este tipo. Esa ruptura coincidió temporalmente con los primeros cimbronazos silenciosos por Papel Prensa, y la renovación de licencias que dejó en off side en buena parte de su territorio a la empresa de Ernestina Noble. Como suele ocurrir en la información periodística, esos cimbronazos no surgieron con claridad ni, mucho menos, fueron visibles. Más parecido a los movimientos del magma que se traduce en el exterior con erupciones o sismos, los lectores fueron aprendiendo en estos últimos cinco años, que en lugar de la tierra se abrían las páginas de los diarios, pero no como suele abrirlas un lector para leer lo que aparece de la realidad en esa superficie blanco entintada, sino como grietas que se empezaron a vislumbrar entre líneas, y más quizás, entre palabras. Quiero decir que se empezó a romper la idea de que lo que dicen los medios es un fiel reflejo de la verdad.

Punto. No se avanzó más o, mejor, se avanza muy lentamente. Por qué? Porque hasta que los medios sean reemplazados como transmisores de la realidad, seguirán detentando la potestad desequilibrada de decir lo que pasó y no habrá discusión posible. Internet no reemplaza por ahora porque es muy temprano para que ocurra y también porque empiezan a utilizarse mecanismos de transmisión semejantes a los que utilizan los medios: fuentes anónimas, incomprobables o tercerizadas (el supuesto discurso de Chico Buarque sobre la tala de la Amazonia, y el que se supone que dirigió Evo Morales a los jefes de Estado de la Unión Europea, y la repercusión favorable entre los usuarios de Facebook de ambas noticias falsas son buenos ejemplos).

La crisis del periodismo, en ese aspecto, quedó focalizada en la cuestión política y muy sintética de “gobierno vs el multimedio”. Me refiero a crisis sobre la verdad. Los lectores -y me refiero a los medios gráficos donde es más fácil registrar la subjetividad de la noticia, o mejor, su no objetividad-, digo que los lectores no solo cuestionan lo publicado en los medios opuestos a sus propios criterios, sino que empiezan a leer cierto desacomodo respecto a la realidad, cierta sospecha de que hay algo por detrás en lo que dice el medio propio. Esto se verifica, especialmente, en el ámbito del mentado enfrentamiento, porque es donde más descarnadamente se abrió. Y creo que se restringe sólo a ese ámbito.

Esta larga introducción viene a cuento de esos espacios, inmensos todavía, pero espacios mínimos, dispersos en todos los medios y que en la gráfica son las palabras. En las palabras se cuelan sentidos que el lector no detecta, pero no solamente el lector: también, y lo que es más grave, el periodista.

Me refiero a lo que prefiero denominar como “eufemismos periodísticos”, que modifican el sentido no porque lo embellezcan sino porque lo trasmutan a un sentido único y permitido. Motín por reclamo, para dar un ejemplo que ustedes entederán rápidamente. Si analizamos la palabra motín, además del sentido informativo que eufemiza porque nos dice a los lectores que hay un movimiento rebelde y peligroso para el orden establecido que surge en un lugar, la cárcel -que de por sí ya carga el sentido de peligroso, con independencia de que lo sea y de para quién-, el sentido del motín en términos periodísticos carga mucho más de lo que el propio periodista que la escribe imagina estar diciendo.

Basta con preguntarse si es el propio periodista el que define una situación dada como motín. La respuesta, que pareciera obvia, lo es sólo porque se hace la pregunta, que mueve a reflexionar. Pero en la lectura rápida, nadie que no esté dedicado a leer entrelíneas se detiene a pensar “quién le habrá dicho al periodista que esto es un motín?”, sino que la palabra, el eufemismo, pasa de largo y se establece no solo como verdad sino también y necesariamente como verdadero. Pero la interpretación de la realidad que dice que lo que ocurre es un motín no la hace el periodista sino que la toma prestada y la hace propia, antes de difundirla. Y la toma prestada del servicio penitenciario que corresponda.

Nada menos.

Si entendemos que aquello a lo que un servicio penitenciario llama motín tiene un largo serpenteo entre situaciones que nacen, primero y principal, del hecho concreto de que las cárceles no son ni sanas, ni limpias, ni están hechas para custodia sino para castigo, y que todo eso lo administra el servicio penitenciario, con aporte (desaporte) del área judicial correspondiente (juez, fiscal, defensor), es obvio (recién ahora) que aquel que define la situación como motín no estará demasiado interesado en abrir las puertas de su administración y cuando las abra tendrán olor a lavandina demasiado fresca.

El mecanismo de la información es tal que el periodista toma como cierto el sentido de la palabra motín y no sólo no se cuestiona sino que no tiene idea del proceso que carga (que oculta) y mucho menos, que al hacerlo propio lo instala como criterio de verdad en la sociedad. Y para volver sobre lo que señalaba antes, respecto a los límites del pequeño espacio que hoy en día los lectores pueden discutir a la información de su propio medio, el eufemismo motín atraviesa todo el periodismo. Lo usan todos los medios. Todos es todos.

Estos sentidos como el de motín, o como el de menor por niño, traslado de un detenido por elusión de la mirada del juez, traslado de un detenido por alejamiento familiar, traslado de un detenido por 1400 kilómetros de distancia de su familia, celdas de castigo por buzón (e imaginar el buzón de la esquina como la celda, que por algo se la llama así), injusticia por un modo de hacer justicia, apremios por tortura, reos o reclusos por personas privadas de mucho más que la libertad, son eufemismos que encubren otra realidad diferente a la que dicen decir. En fin, el listado de eufemismos periodísticos es extenso, y apenas estoy entrando en el campo específico de lo que es la relación de medios, cárceles y palabras.

Mientras esa relación no se modifique mediante la incorporación de otros sentidos, será muy difícil modificar la balanza equívoca que tienen las personas alojadas en lugares de detención y aminorar el impacto de su reingreso a la sociedad. El periodismo difícilmente pueda mencionar en una nota cualquiera a un preso como “una persona privada de prácticamente todos sus derechos además del de la libertad ambulatoria”.

Pero sí puede saber que está hablando de esa persona.

En: Revista Pensamiento Penal

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