Más de los pibes escritores IV


La sexta entrega de relatos de los pibes de escuelas porteñas impulsados a escribir a partir deloros crónicas mías, en este caso “La sombra de un ornitocida“. Se trata de cuatro trabajos ordenados por orden de apellido.

 

Daiana Alcaraz

Era una noche fría en San José de Metán de Salta. Llegué a ese lugar de casualidad. Estaba de camino a Jujuy para visitar a unos familiares e hice una escala en ese pequeño pueblo. La gente era muy amistosa, amable, solidaria en sí. Para ser una provincia era todo demasiado moderno. Eso es una de las cosas que más me llamó la atención de ese pequeño pueblito de Salta. Todos se conocían con todos; el crimen era muy bajo, no temían dejar las puertas abiertas. Me gustó tanto que había decidido quedarme un tiempo largo en ese lugar tan hermoso. Todos los días me asombraba de cosas diferentes de ese pueblo. Era algo alejado a mi realidad de la ciudad.
Una mañana como cualquier otra, todos abrían sus puertas y persianas, cada quien hacía sus compras, Juliana, la vecina del lugar en el que me alojaba, baldeaba, y Josin barría las hojas de la vereda. Era un día como cualquier otro, hasta que ocurrió lo más inesperado. Uno de los vecinos, que vivía a una cuadra de mi casa había encontrado algo horroroso. En realidad lo había encontrado su perro Sheylon.
Cuando lo estaba paseando como cualquier día, Sheylon encontró debajo de un auto a Pedrito muerto. Pedrito era el loro más preciado que una persona puede tener. Era la compañía de la señora Elvira, una mujer de 77 años que vivía enfrente de mi casa. Esa mujer amaba a su loro. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue pensar quién pudo hacer eso, matar a Pedrito, si no molestaba a nadie, por qué lo haría, con qué fin, qué lograría, qué conseguiría con su muerte.
Al enterarme de lo que pasó, fui corriendo a ver cómo estaba Elvira, si necesitaba que la ayude en algo, a darle el pésame. Cuando llegué a la casa, ella no estaba ni enterada. Le parecía raro no haberlo visto pero lo que menos se esperaba era que iba a estar muerto. Cuando se lo dije, me partió el corazón. Se largó a llorar desconsaladamente. Se puso realmente muy mal y yo en esa situación no tenía idea de qué podía hacer.
Después de un rato, cuando ella se sintió mejor, se dispuso a dirigirse a la comisaría a presentar la denuncia, pero antes quería ir a ver a Pedrito, para saber cómo era que lo habían matado; cómo había sucedido su muerte. Toda la gente del pueblo pensaba que a Pedrito lo había atropellado un auto porque lo habían encontrado debajo de uno pero a Elvira no le parecía que había sido atropellado, porque tenía marcas de garras en el cuerpo, como de otra ave.
Después de ver eso, Elvira se dirige a la estación de policía a realizar la denuncia de lo que ella creía un asesinato, no un accidente.
En ese preciso momento le pregunté si le molestaría que yo la acompañara y ella me dijo que no tenía problema. De inmediato no dirigimos a la comisaría 30º de San José de Metán. Apenas entramos a la comisaría, ya me había dado cuenta de que nadie, ni una sola persona la tomaba en serio a la pobre Elvira, que estaba devastada por lo que había pasado.
Cuando entramos a dicho lugar nos dirigimos a hablar con el funcionario policial a cargo, y Elvira le pidió por favor que fuera al pueblo a investigar qué había pasado con Pedrito porque ella no creía fuera un accidente. Ella creía firmemente que lo que había pasado era un asesinato. El policía le dijo que él, lo único que podía hacer en el momento era tomarle la declaración de lo que había pasado, nada más. Además, como a Pedrito los vecinos lo habían encontrado debajo de un auto, lo que todo el mundo pensaba era que lo habían atropellado y que había sido un accidente.
Más allá de eso, la denuncia llegó a la fiscalía 1 de Metán, a cargo de Sergio Castellanos.
El señor Castellanos no le dio importancia al caso y dispuso archivar la causa así sin más.
Al notar que la policía no hacía nada, Elvira decidió realizar una investigación en el pueblo para saber qué era lo que había pasado. Yo le ofrecí mi ayuda para lo que necesitara.
Elvira comenzó a realizar preguntas por todo el pueblo, con cada una de las personas. Uno de ellos declaró haber visto a Pedrito en los fondos de la propiedad de ella. Esto no lo vio como una pista muy valiosa ya que Pedrito pasaba mucho tiempo en el patio. Otro vecino dijo haber visto cantidad de plumas verdes desparramadas en el lugar. Igualmente nos dijo que no estaba seguro de lo que decía porque capaz que se trataba de un almohadón de duvet que tenía Elvira.
Más allá de esas declaraciones había algo que sólo Elvira sabía y decidió decírmelo, que era que el pobre Pedrito no volaba, caminaba o daba pequeños saltitos, de un palito a otro, de un hombro a otro, de la mesa al respaldo de la silla, pero solo de a saltitos, no podía volar.
Luego de un par de horas y horas de escuchar declaraciones de los vecinos que no servían de ayuda, llegó uno de los que vive en la esquina de enfrente de mi casa. El aseguró haber visto desde su terraza cómo un pájaro había levantado vuelo llevando al exánime Pedrito entre sus garras, y que se lo había entregado al almacenero, quien lo habría arrojado debajo del vehículo con el supuesto objetivo de encubrir el crimen de su pupilo. Elvira se sintió tan bien de haber descubierto al asesino, aunque al mismo tiempo se sentía tan angustiada porque ella ya no tenía más a su fiel compañero.
Luego de todo lo que había pasado en ese pequeño pueblo, yo estaba tan triste, porque tenía que ir a ver a mi familia. El poco tiempo que había estado ahí, lo había pasado genial, excepto por lo que le había sucedido a Pedrito, pero al fin todo terminó más que bien: al gavilán que había matado a Pedrito se lo llevaron a su hábitat natural, donde iba a poder ser libre y poder tener pareja, reproducirse. El dueño se puso muy mal cuando se lo llevaron pero entendió que era mejor para él. Elvira, más allá de todo lo que había pasado estaba feliz y en paz porque al fin y al cabo había podido develar el misterio del crimen.
En cambio, yo me tuve que ir de ese lugar donde todos eran buenos, solidarios y amables conmigo. Sin conocerme me ofrecieron todo sin pedir nada a cambio. Cuando llegué a mi casa, después de ese mes de vacaciones donde había vivido millones de cosas en un pueblo donde llegué por casualidad, después de visitar a mi familia, tuve que volver a mis obligaciones, como el orden de mi casa, las compras, el trabajo, donde lo que había vivido ese mes me iba a ayudar demasiado, más que ayudarme a mí, iba a demostrarle al mundo lo que pasaba en algunos lugares donde no mucha gente les presta atención. El día lunes temprano cuando llegué a mi oficina, me senté en mi escritorio enfrente de la computadora y comencé a escribir: “Cuando la mujer entró en la comisaría 30º de San José de Metán para presentar la denuncia…”

Gabriel Barbetti

A la ciudad de Salta de nombre Metán, los vecinos la llaman “La ciudad de la furia” por todas las cosas paranormales y crimenes que pasan. Según un vecino viejo allí ocurrieron asesinatos, violaciones y cosas fantasmales.
Era un día nublado, la señora volvía de hacer las compras y cuando entró en el patio de su casa para
saludar a su loro, no lo encontró. La abuela cayó en una grave depresión.
La abuela quería averiguar qué había pasado con su loro. Con su nieto investigó el asesinato. Después de unos largos pasos encontraron unas plumas verdes que los llevó al cadáver del loro, que se encontraba debajo de un auto.
Toda la familia pensó que lo había atropellado un auto pero luego de investigar la escena del crimen encontraron hellas de un animal que dicen que es igual al gavilán de su vecino. La policía nunca tuvo en cuenta a la abuela porque pensaban que era absurdo el asesinato de un loro. Así que empezaron a investigar por ellos mismos.
La abuela y sus nietos fueron preguntando casa por casa si habían visto alún sospechoso o algo así. Entonces unos vecinos le dijeron que habían visto a un pájaro en la escena del crimen.
Algunos testigos dijeron que habían visto al gavilán del vecino en el fondo de su propiedad. También vieron que una persona poniendo a un ave abajo de un auto y al lado de la persona había otra ave acompañándolo, que tendría que ser un gavilán. Así llegaron al almacenero.
Así tuvieron todas las pruebas para acusar al vecino que tenía un gavilán.
Lo acusó y el dueño recibió una multa de millones de pesos y fue preso.

Micaela Mieres

Era invierno y el viento soplaba fuertemente en la azotea de la casa de Luisa Elvira Fernández. Vivía hacía 45 años en el barrio. Mientras tanto de su casa salía un olorcito muy dulce, eran las galletas que estaba cocinando porque venía de visita su mejor amiga, María Inés.
María era una mujer dulce, comprensiva y amable sobre todo. Ella conoció a Luisa en el jardín, desde allí son las mejores amigas. Hacía dos años que no se veían y justo se le ocurrió ir a su casa. Estaba bajando del taxi con su perrito cuando se le escapó y se fue bajo el auto que estaba enfrente. Le llamó la atención y fue a ver. Cuando se agachó vio que era el loro de su amiga, ella estaba a un par de cuadras de la casa. Luisa tenía adoración por su loro.
Como correr no podía, la llamó. Elvira fue tan rápido como pudo. Su amiga pensaba que lo habían atropellado pero cuando llegó Luisa se dio cuenta de que lo habían matado a picotazos. No lo podía creer.
Rápidamente llamó a la policía y quizo hacer la denuncia, pero se burlaron de ella. Se enfureció mucho al ver que no lo reconocía. Entonces decidió investigar por ella misma. Primero pensó cómo habrá sido la muerte de Pedrito. A la mañana siguiente fue y habló con cada uno de los vecinos. La primera vecina le dijo que Pedrito había muerto atropellado pero ella no lo creía: ¿por qué iba a morir atropellado si no caminaba ni volaba? Sólo daba saltitos, pero era imposible que llegara a la calle. En ese momento interrumpe su otra vecina, afirmando que había visto al gavilán del almacenero atacando brutalmente a Pedrito.
Salió corriendo enfurecida para hablar con el almacenero. Se lo preguntó y él lo negaba con mucha seguridad. Le dijo que era un mentiroso y que no le podía creer. Le pegó con la certeza de pegarle para matarlo y cuando lo hizo sintió mucho alivió, porque sentía que había hecho justicia por Pedrito, su compañero.

Darío Peralta

El asesinato del loro

Un tarde de invierno de mucho frío en el gran pueblo de San José de Metán, los basureros del pueblo, mientras cumplían con sus trabajos, encontraron debajo de un auto el cuerto de un loro sin vida. Estaba sin plumas y con lastimaduras. Parecía que lo había pisado un auto, estaba la mascota muerta.
Ellos sabían que era del pueblo porque cuando pasaban veían a una señora con el loro, a las últimas horas del día. Entonces Juan y Pedro, los basureros, fueron a la casa de la señora. La dueña del loro, al enterarse, quiso hacer justicia a mano propia e hizo la investigación. Empezó a preguntar a los vecinos.
Un mes después de estar investigando, concluyó que el asesino de su hermosa mascota fue un almacenero del pueblo. La dueña del loro llevó el caso al juzgado pero no les importó nada por el hecho de que la víctima fuera una mascota. El caso fue archivado por el juez de turno. Luisa quedó muy de mal humor. Juró hacer justicia por mano propia. El juez, al escuchar lo que dijo la señora la encarceló por cinco horas para que se calmara.
Ahora, para la señora estaba todo acabado. Para que no le pasara lo mismo de antes con un pobre loro decidió adoptar un animal más grande y que no tuviera alas.
Al final le hicieron caso a la señora y pusieron en la cárcel, por 6 años, al almacenero. La señora quedó contenta.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Más de los pibes escritores IV

  1. alba noemi perez saiz de naistud

    Que interesante que los chicos sigan aportando sus propios relatos,la imaginación los lleva a cambiar el cuento sin salir de la consigna y eso está re-bueno como dicen ellos.
    Los has motivado junto al profesor.Me gusta.
    Abrazos.Alba.

  2. Gime

    Brillante chicos. Me encantaron. Sigan escribiendo así.

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