Más de los pibes escritores II


Por suerte, la crónica “La sombra de un ornitocida” sigue provocando a los pibesloro a escribir sus propios relatos. Estamos tratando de coordinar con el docente, Diego Lencina, para tener un encuentro con los jóvenes escritores e intercambiar con ellos impresiones y proyectos. Los tendré informados de la fecha y de sus resultados. Voy publicando los relatos a medida que me llegan. Acá van tres más.

 

Era una tarde gris, diferente de todas de acuerdo con su época. Las aves volaban para refugiarse del clima y no se encontraba ni un razgo de vida entre las calles. Al parecer el mundo sabía lo que había pasado.
Pasaron las horas, el silencio se apoderaba del ambiente. De pronto se vio una señora desorientada, tristes ojos miraban hacia los lados como queriendo encontrar algo o a alguien. Caminaba tambaleando sobre la vereda cruzando las calles desoladas.
Su final destino llegaba, se encontraban dos policías en la puerta, inmutados vieron pasar a la anciana. Ella decidió entrar en aquel lugar, una pequeña comisaría del pueblo que se estableció desde principios del siglo XX.
Angustiosamente contaba la desaparición de su amigo, el mismo en el que había pasado momentos felices ya no estaba, su pequeño compañero con dos alas que apenas podían planear. Se llamaba Pedrito, su tierno y fiel loro, este pequeño ejemplar ya tenía sus años y había vivido muchas alegrías con su compañero de vida. Este habría pasado un momento triste en su final.
Todo esto fue relatado a aquel policía que escuchaba sin inmutarse, como queriendo no escuchar el problema.
Luisa, enojada por la actitud que tomaba aquel policía, decidió por su cuenta hacerse cargo de su problema.
Desesperada, sale de dicho luga, vuelve a sentirse sola sin tener ya la esperanza de ayuda, entregada a un triste conflicto. De pronto, un vecino apareció por la zona. Él sabía algo que le sería útil a la señora, que tristemente le interesaría.
La anciana lo escuchó, ella no podía creer lo que ocurrió. Por una parte sentía impotencia y por otra ya sabía que esto podía pasar. En la mañana de aquel día encontró al loro debajo de un automóvil, desplumado y con sangre a su alrededor. Pero había algo inquietante y dudoso que recorría por la mente de ella. Negaba esta forma de muerte, no dudaba un segundo de que esto era un asesinato, no podía pasar de que Pedrito pudiese escapar de casa y salir si no fuese por la ayuda de alguien, además de las heridas en su cuello.
Impaciente de hablar con todos los vecinos del lugar para encontrar algo, pistas que le den con su desenlace.
Llegó el momento, ella se enteró de lo peor, su amigo el almacenero tenía un bello pájaro, un gavilán, un asesino.
Se dice que el gavilán no apareció más por el pueblo, tampoco su dueño. Ellos se habrían mudado e ido a un lugar lejos del alcance de las personas y de otros pájaros, como Pedrito.

Kevin Fernández

 

 

Era una tarde de verano cualquiera en el mes de febrero. Todo había ocurrido en Metán, un pequeño publo de Salta. Un pueblo con no más de 30 mil habitantes.
Esa tarde murió Pedro, el loro de Luisa, una vecina de Metán. Pedrito había sido encontrado debajo de un auto. Pero el loro no había sido atropellado sin que descubrieron que había sido atacado por otro animal. La policía no tomo en cuenta la denuncia.
Luisa aseguró que Pedrito no volaba, sólo podía dar pequeños saltos. Un vecino declaró haber visto plumas en el patio de Elvira. Ella seguía con la investigación, ya que la policía no tomaba en cuenta la denuncia. Otro testigo dijo haber visto al gavilán llevar a Pedro al almacenero, después vio al loro abajo del auto. Luisa llevó el testigo a la policía, explicaron que el gavilán llevó a Pedrito al almacenero y después lo puso debajo de un auto.
La policía declaró culpable al almacenero. Investigaron su historia, lo arrestaron por la muerte de Pedro y según la policía, por contrabando de animales. El gavilán había sido robado del zoológico de Nueva York hacía 6 meses.
Después de todo el animal fue devuelto al zoológico, y el almacenero deberá cumplir con 10 años de prisión.

Juan José Gorostiaga

 

 

Un chico que iba caminando vio algo raro debajo de un auto y se acercó a ver, era un loro muerto. Después buscó al dueño del ave. El chico empezó a preguntar a los vecinos por el dueño del ave, y finalmente encontró a la abuela. Le dijo: “acá está su loro, que fue atropellado”, y la abuela le contestó: “a mi loro no lo atropellaron, lo mataron”. Entonces la viejita fue a hacer una demanda, y se rieron en su cara. Entonces, como no le hicieron caso, ella misma empezó a investigar para encontrar al culpable de la muerte de su lorito. Empezó a preguntar a los vecinos. Le preguntó a su vecina Micaela y ella respondió que había visto al gavilán del almacenero. La otra vecina de al lado le dijo que vio plumas desparramadas por el suelo, atrás de su casa, así que le dijo que no podía haberle pisado un auto y más porque Pedrito no volaba ni caminaba, sólo daba saltitos. Su vecino del fondo le dijo que había visto al gavilán del almacenero masacrando al pobre lorito para llevárselo a su dueño, y este señor lo había tirado debajo del vehículo donde el chico lo había encontrado.
Entonces la abuela fue a hablar con el almacenero y le dijo: “usted mató a mi loro”, y el señor le respondió que él no había sido. Como no se declaraba culpable la señora pagó para matarlo. Y por fin logró lo que quería, que era hacer justicia por la uerte de su lorito Pedrito.

Gisela Sandoval

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1 comentario

Archivado bajo Crónicas, Informes, Opinión

Una respuesta a “Más de los pibes escritores II

  1. alba noemi perez saiz de naistud

    Que maravilla Horacio,como siguen participando;ya imagino lo ingeniosos que estarán antes las siguientes propuestas sobre tus artículos.
    Me agrada esta actividad docente.
    Abrazos y que sigan recibiendo devoluciones.Alba.

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