Imaginar y escribir


Cuando escribo, no importa si notas periodísticas, narrativa, poesía o lo que fuere, no tengo noción del efectoimage que esos textos producen en los demás, si es que producen algo. Creo que es imposible saberlo, porque la compleja subjetividad de l@s lector@s no está en mis manos, mucho menos podría predecir lo que les ocurra. Y aunque fuera posible, tampoco estoy seguro de querer averiguarlo, no porque no me interese, sino porque creo que ese mecanismo, si se mantiene mágico como lo es ahora, me dará sorpresas. Una de las más lindas que tuve es bastante reciente y paso a contarles la historia.

El 2 de febrero de 2012 Página/12 publicó una crónica mía titulada “La sombra del ornitocida“, a la que se puede acceder clickeando en el título o recorriendo el contenido de Crónicas en el Menú superior del blog. El tono de la crónica es muy de mi estilo, irónico, gusto por jugar con el absurdo, buscarle significados y tratar de aplicarlo en metáforas de la realidad. No digo que esto lo logre, ja, sino que son mis marcas y mis intentos por decir algo.

Poco más de un año después, el 16 de mayo pasado recibí un mail enviado por un profesor de Lengua y Literatura de secundarios porteños que traslado a mis lectores y que me sorprendió grata y muy profundamente, porque hablaba de alrededor de 100 chicos, alumnos suyos, que trabajaban la escritura a partir de notas mías. Una de ellas, la mencionada arriba. Los textos que me envió el profesor, Diego Lencina, los agrego en esta entrada. Espero que mis textos sigan sirviendo para desarrollar la imaginación y la escritura de los chicos. Y espero con mucho gusto la invitación a hablar con ellos. Por supuesto, esta sorpresa, quisiera que se multiplicara entre otros docentes y muchos otros chicos.

Estimado Horacio:

mi nombre es Diego Lencina, soy profesor de Lengua y Literatura en dos colegios secundarios públicos de la Ciudad de Buenos Aires, y le escribo para comentarle que en mis clases de primero y segundo año estuvimos trabajando con un artículo suyo, “La sombra de un ornitocida”, artículo que fuera publicado el día 2 de febrero de 2012.
Quería compartir esto con Ud. ya que su trabajo fue el material con el que casi cien alumnos pudieron escribir un cuento policial (este era el objetivo final del trabajo de lectura y análisis de su nota). Si bien siempre se cuestiona el desempeño lingüístico de los adolescentes, los resultados fueron, en este caso, muy buenos: me enorgullece decir que algunos chicos escribieron cuentos de una calidad extraordinaria reconstruyendo su artículo. Y le puedo asegurar que su nota fue comentada extensamente.
En este sentido, me gustaría trasladarle algunas preguntas que los chicos me hicieron y que no supe responder: ¿el caso fue verdad? (yo creo que sí, pero tenía un contenido tan literario que la pregunta resultó frecuente) ¿qué pasó finalmente con el proceso judicial? (En el trabajo de escritura del cuento, una vez descubierta la identidad del asesino por esa improvisada detective que es doña Luisa Elvira, los alumnos debían cerrar la historia: imagínese los finales que pudieron tener el gavilán y el almacenero…) Incluso hay alumnos que me preguntaron ¿Luisa Elvira vive todavía? ¿Cómo hizo para investigar?
Por último, quiero agradecerle por su trabajo informativo: sigo con frecuencia las notas que Ud. firma en el diario resultándome de gran interés los temas que investiga así como la perspectiva con la que los aborda.
Un cordial saludo.

Diego Raúl Lencina

 

Y estos son los relatos enviados en estricto orden alfabético y corresponden a estudiantes de 1er. y 2do. año, del Colegio Nº 2 “Domingo Faustino Sarmiento” de Retiro, y del Comercial Nº 11 “José de Peralta” de Devoto.

 

Esto ocurrió en un pueblo de Salta, en San José de Metán. La señora Luisa hace una denuncia por su loro, ya que un vecino lo encuentra desplumado debajo de un auto.
Luisa Elvira Fernández va a la comisaría 30 de San José a contar lo sucedido y el funcionario policial a cargo no se sorprendió del todo. A todo esto Fernández decide investigar por su cuenta, porque se dio cuenta de que la policía no le dio importancia.
Al día siguiente, Luisa fue a hablar con los vecinos sobre el tema de Pedrito, su loro asesinado. Uno de los vecinos dice que lo encontró debajo de un auto. Otros dicen que lo habrían pisado, pero Luisa les dijo que Pedrito no podía volar. ¿Cómo pudo llegar hasta ahí? Entonces así no fue. Hablando y charlando sobre el tema y otros, los vecinos y Luisa se dieron cuenta de que uno que vivía en ese barrio, el dueño del almacén “del barrio”, tenía un gavilán.
Fernández sigue investigando sobre el gavilán, y descubren que el ave estuvo en el patio de su casa. Eso significa que el gavilán mató a Pedrito el loro, por eso y por otras cosas también.
Fueron a la casa del almacenero y Luisa le dijo que su ave, el gavilán, había matado a su loro Pedrito. Se pusieron de acuerdo todos los vecinos y ella, y le dijeron al almacenero que su ave no podía convivir con él y menos en su patio suelto, que lo llevara a un hábitat distinto. Lo pudieron convencer y se lo llevó a otro lado. La señora Luisa estaba contenta por lo que pudo lograr y en una forma hacer “justicia” por su loro Pedrito, que lo quería tanto.

Antonella Sol Acevedo

En un pueblo llamado San José de Metán, de pocos habitantes, rodeado por campo verde y algunas montañas vive una abuela. Ella estaba tranquila en su casa como todos los días, alimentando a sus peces. De repente, los perros de sus vecinos empezaron a ladrar. Como no podía caminar con su bastón tardó en asomarse a la ventana, pero cuando llegó vio la sombra de un ave con algo en la boca dando vuelta la esquina.
La ancianita se había preguntado qué es lo que había pasado, pero no supo nada sino hasta el día siguiente cuando fue a su patio y vio muchas plumas de su loro por todo el piso.
Preguntó a todos sus vecinos si no habían visto algo la noche anterior. Cuatro de sus vecinos le contestaron que vieron al gavilán entrando al almacén con algo en la boca y la anciana ya sabía que era su loro. Los vecinos y la anciana Luisa Elvira Fernández fueron a la comisaría, le contaron que el almacenero y su gavilán habían matado a su loro, solo porque Luisa le había contado a todos los vecinos que los productos que vendía en oferta estaban vencidos y por eso los vecinos ya no compraron en ese almacén.
Al final el comisario no podía meterlo a la cárcel, no podía hacer nada sólo porque haya matado a su loro pero lo único que podía hacer es clausurar el local o ponerle una multa. Luisa pensó que no era suficiente pero era el único castigo que el almacenero podía recibir. Ese mismo día el comisario, los vecinos y Luisa fueron al local del almacenero, comprobaron que era verdad lo de los productos vencidos, luego el oficial le puso una multa de mucho dinero y su local quedó clausurado. El almacenero estaba triste porque ya no tenía empleo, su local estaba en venta. Luisa habló con él y él le pidió perdón a Luisa. A ella la conmovió y quiso ayudarlo y decidió darle una sorpresa:
    ⁃    Vení pasado mañana a las 10 de la mañana porque te tengo una sorpresa – dijo Luisa.
    ⁃    Está bien – dijo el almacenero decaído.
Cuando el almacenero llegó a la casa de Luisa, ella le dijo que la acompañara a un lugar. Fueron al ex local del almacenero, Luisa le dijo que esa era la sorpresa: Luisa entró al local y lo abrió: estaba lleno de mercadería.
    ⁃    Yo tenía ahorrado plata, de mi jubilación, para una ocasión especial, pero decidí compartirlo contigo – dijo Luisa.
    ⁃    ¡Gracias! ¡Muchas muchas gracias! – dijo el almacenero.
Así terminaron los dos trabajando juntos y para homenajear al loro, al almacén le pusieron el nombre de “El almacén de Pedrito”.
Janeth Flores

El crimen de un loro

Una tarde gris un señor y su perro salieron a pasear. El perro olfateaba muy anciosamente debajo de un auto, el señor se agachó para ver que había. Era un loro. El señor dijo: “Yo conozco este loro: es el loro que están buscando”. Llamó a la dueña, que fue a buscar a su loro. Le hicieron una autopsia. Le dijeron que no fue atropellado, fue asesinado. Luisa fue a la comisaría. Les contó lo que pasó. La policía no le dio importancia. Empezó a investigar por su propia cuenta. Les preguntó a los vecinos.  Un vecino le dijo que vio a un pájaro rondando los patios de su casa. Otro finalmente le dijo que vio plumas, pero Pedrito no volaba. Otro finalmente le dijo que vio al gavilán del almacenero. Le dijo: “Usted puso debajo de un auto mi loro para encubrir a su gavilán”. Luis se fue a vivir a EE. UU. Con una amiga para no sentirse sola, quedó satisfecha de haber encontrado al asesino de su loro. El almacenero siguió su vida normal. Al gavilán se lo llevaron a su hábitat.

Daiana Gómez

La desaparición de Pedrito

Una mañana Elvira se levanta de la cama con la idea de ir a ver a su loro Pedrito. Sale al jardín muy contenta con un paqueño vasito de pipas y al ver que el loro no estaba en la jaula, muy alterada, cae el vaso al piso y va corriendo a mirar a los árboles y Pedrito no estaba. Preocupada por el suceso va a hablar con los vecinos y con su mejor amiga Rosa, pero nadie lo había visto.
Rosa intentaba tranquilizarla diciéndole que la ayudaría a buscarlo, recorriendo el barrio. Las dos amigas fueron pero no conseguían resultados hasta que llegaron a la casa de María, su otra vecina, que dijo haber visto a su hijo Matías jugando con el loro en el jardín de Elvira, el día anterior por la tarde. Elvira, asombrada, le preguntó en dónde estaba el niño. María contestó muy segura que Matías había ido al almacén de la vuelta.
Elvira y Rosa fueron rápido al almacén y no lo encontraron allí sino que lo vieron sentado en la vereda llorando y apuntando con su dedo índice hacia el medio de la calle. Elvira mira para su costado lentamente y ve que Pedrito estaba arrojado abajo de un auto sin vida…
Elvira va corriendo hacia donde estaba su loro y empiezan a caer lágrimas por sus mejillas. Rosa fue a consolarla y le pidió de inmediato a los vecinos que llamen al veterinario para que se llevaran a Pedrito ya que estaba muerto.
Sin consuelo, Elvira le pregunta al niño qué había sucedido. Matías respondió que todo había sido su culpa porque aquella tarde él le soltó la jaula a Pedrito y escapó, pero como el loro no sabía volar fue dando saltitos hasta que llegó a la calle y un auto lo llevó por delante. Elvira no creyó nada el hecho y siguió investigando. Decidió ir a preguntarle a la ayudante del almacenero, la señora Carmen.
Al entrar Elvira al almacén, se encuentra con la ayudante y le pregunta si sabe algo de lo sucedido. Carmen muy nerviosa y sonrojada le respondió que sí pero que tenía que asegurarse de que el almacenero no venga. Se acercó a la puerta y la cerró lentamente. Carmen le dijo que el almacenero tenía un gavilán, que mató a su loro y lo trajo entre sus garras hasta el medio de la calle. El almacenero lo sabía pero lo dejó ahí arrojado para fingir que lo había atropellado un auto y para proteger a su gavilán.
Elvira le dio las gracias por haberle dicho lo sucedido y se retiró para ir de inmediato con la justicia, pero no sirvió de nada porque no la ayudaron. Elvira, muy decepcionada, va a hablar con el almacenero para llegar a un acuerdo y deciden enviar al gavilán a un zoológico, para que no vuelva a ocurrir lo sucedido.
Yanina González

El 25 de enero Luisa Elvira Fernández salió a la mañana de su casa para ir a pagar la cuota de la luz, y después a las 11:00 tenía su clase de yoga. Cuando salió de su casa pasó por el supermercado a comprar comida para su loro Pedrito.
En el momento que llega a su casa vio cómo un almohadón de duvet destrozado pero no le dio importancia. Entró a la casa, fue a la cocina, dejó la comida de su lorito y subió a su habitación para ver si Pedrito estaba ahí, pero no lo encontró. Así que lo empezó a buscar por toda la casa gritando su nombre, pero no apareció. Cuando salió al patio se dio cuenta de que no se trataba de un almohadón sino de algunas plumas Pedrito. Luisa fue a lo de su vecino Demian a preguntarle si había visto a su lorito.
Le dijo que él no sabía nada pero que la iba a ayudar a buscarlo. En ese mismo momento salieron a buscarlo. A las dos cuadras de su casa lo encontraron debajo de un auto como si lo hubieran pisado, pero Demian se dio cuenta de que había muerto porque un animal lo había atacado a picotazos. Luisa lo agarró y lo llevó a un veterinario para ver si la puede ayudar a descubrir al asesino de pobre lorito. El veterinario lo revisó y dijo que eran picotazos, que podían ser de un gavilán.
Al día siguiente Luisa va a la comisaría para hacer la denuncia. La policía no se la quería tomar, hasta que Luisa consiguió algunos vecinos que pudieron ver algo del asesinato y recién ahí se la tomaron.
Después de dos semanas los llaman a declarar a los dos testigos. Uno declaró que vio a un gavilán en el patio de Luisa y el otro vio cuando el gavilán llevaba algo, pero que no se había dado cuenta de que era Pedrito. Luisa aclaró que el gavilán que mató a Pedrito vive cerca de su casa, que su dueño era un almacenero, y el testigo dijo que vio al gavilán entrando al almacén con el loro en sus garras.
La justicia tomó medidas en el caso y fueron a buscar al gavilán, y lo metieron en la jaula. Se lo llevaron para que no mate más y tampoco lastime a nadie.
Santiago Rodríguez

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4 comentarios

Archivado bajo Crónicas, Informes, Opinión

4 Respuestas a “Imaginar y escribir

  1. alba noemi perez saiz de naistud

    Horacio esto que nos has escrito es maravilloso.Recuerdo el relato,este docente es valioso,supo despertar en los alumnos el interés y ellos hicieron sus propios relatos.
    Gracias por compartir esta experiencia.
    Abrazos.Alba.

  2. estela romina

    me gusto mucho “El Cuento del Aguila”

  3. El mejor es de yanina gonsales :p

  4. ¡Muy practico! Razonables motivos. Manten este criterio es un articulo estupendo. Tengo que leer màs posts como este.

    Saludos

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