Una multitud que pensó en el otro


MILES DE PERSONAS EN AVELLANEDA Y EL PLANETARIO, EN SOLIDARIDAD CON LOS INUNDADOS

Por Horacio Cecchi

Mientras León Gieco cantaba, del otro lado de la avenida Mitre, contra la sede Avellaneda de la UTN, que daba la cara al escenario, y apretujado en el único sendero que se abría entre la pared de la universidad y el público, avanzaba con visible dificultad un colchón, desteñido pero al ritmo de la música. El colchón era la imagen visible de infinidad de bolsas de lo-que-se-le-ocurra que terminaban en cajas de cartón o bolsas de consorcio que una vez completas pasaban a ocupar su lugar dentro de cualquiera de los inmensos camiones que esperaban partir a su destino solidario. Así, dicho sin comas porque el movimiento no paraba, juro que no paraba. Y así como en Avellaneda, el Planetario fue otro punto de encuentro de miles y miles de donantes solidarios de lo-que-se-le-ocurra, con otras estrellas en el escenario, tan donantes y solidarias como aquéllas. Si León Gieco, Claudio Gabis y una buena cantidad de los históricos del rock donaron su convocatoria en la plaza central de Avellaneda, en el Planetario ocurrió lo mismo con Fito Páez, Divididos, Catupecu y más. La imagen que surgía de ambas convocatorias, sin distinción de horarios ni de estilos, fue la de miles y miles de hormigas, con movimientos acelerados, alimentadas de adrenalina, cargada cada una con sus dones y productos, viejos, nuevos, rotos o enteros, a medias o tercios, intentando seguir una fila para desempacar ese bulto que en el otro extremo de la línea, es decir, hoy, lunes, alguien recibirá después de perder todo lo que tenía, fuera poco o mucho. Algunos llevaban lo-que-se-le-ocurra porque habían sufrido alguna vez algo semejante o peor y no podían consigo mismos; otros, porque nunca les había pasado, o por caridad, por pura culpa de tener, o por pura culpa de no tener pero estar vivos, por amor al prójimo, o por beneficencia, porque hay que hacerlo, o porque cómo no voy a hacerlo. O por lo-que-se-le-ocurra. Capaz que cada uno tenía una razón personalísima y diferente. Pero en conjunto, créamelo, era un hormiguero alimentado de adrenalina.

“¿Esto dónde va?”, preguntó Rosa Argentina Lucero, que aclaró que nació un 25 de mayo. La scout, con corbata azul y verde, abrió la bolsa de supermercado usada en la que Rosa traía su pregunta, buscó en el horizonte ocupado de infinidad de hormigas moviéndose aquí y allá, bolsas, y montículos y música de fondo, y apuntó con el índice: “Objetos, allá”. Juro que no se sorprendió, ni en los ojos se delató algo de sorpresa aunque de la bolsa de súper asomaba una extrañísima donación, un cucharón sopero de peltre, viejo, enmohecido. “Hay que limpiarlo un poquito, pero esta gente perdió todo”, explicó Rosa a este cronista, después de enumerar que ya había entregado camperas en La Boca, tapitas de plástico en el Garrahan, Canal 7 y ahora el cucharón de peltre al Planetario. Y no parecía entregar el cucharón porque no lo necesitara, más bien parecía que lo necesitaba, y que lo necesitaba en su afecto (como cualquiera guarda lo que quiere, que suele ser inútil en lo práctico aunque lo más práctico sea el afecto) y lograba darle a ese cucharón el objetivo que le había dado ella, pero en otro.

Así como Rosa Argentina había muchos, pero muchos en serio, igual en Avellaneda que en el Planetario. No se puede decir que no hubiera quien dejaba algo bien visible porque queda bien donar. Pero fueron los menos. ¿Cómo saberlo? En el aplauso enorme y vibrante que despedía cada vez que uno de esos camiones gigantescos de casi 20 metros de largo salían repletos de lo-que-se-le-ocurra. De esos aplausos subía como vapor la mentada adrenalina, hacía vibrar el aire como el calor hace vibrar el aire de fondo en el desierto. Y eso no lo puede hacer nadie que participe por imagen, por más que aplauda. No tiene adrenalina para aplaudir.

“¡Comida! ¡comida!”, gritaba el muchacho, sin corbata de ningún color. No ofrecía comida sino que la pedía y no para sí, sino para una multitud de cajas de cartón que se abrían para recibir comida. Extrañas posibilidades que da el lenguaje y el contexto. Entender se entendía. Una fila de gente cargando bolsas de comida, changuitos, al hombro, o de la mano, esperaban ser recibidos para que les reciban.

Más allá, la pila de juguetes. Otros, medicamentos y pañales, trapos, artículos de limpieza. El más impresionante era el montículo de colchones. En su momento, abrieron la puerta trasera del acoplado del camión y dos, tres, cinco, quizá más, algunos scouts con corbatas de colores (este cronista fracasó en su intento por diferenciar colores y jerarquías) subieron trastabillando y con ayuda, o de un salto, o como fuera y permitiera la osamenta, y se organizó automáticamente –no es chiste– en forma casi espontánea una doble hilera desde el montículo de colchones, y elevando las manos como en las publicidades con montañas rusas, pero con algo más de relleno de sentido, entraron a pasarse los colchones sin distinción de marcas, de elásticos, de espuma de alta densidad, o finitos, de lana, pesados o livianos. Y los colchones pasaban saltando, con una velocidad pasmosa. No confundir, claro, este paso acelerado de colchones en el Planetario con el andar apretadísimo del colchón en Avellaneda. Es que era uno de los últimos cuando ya todos los presentes habían dado todo de sí y ahora escuchaban a los artistas hacer lo suyo.

No es cierto, la pila de los colchones no era la más impresionante. Otras, si no todas, impresionaban. Estaba la de las camas, al ladito de los colchones. Pilas de camas, mayormente, elásticos de madera, amontonados uno al lado del otro, o encimados. En la pila de las bolsas de ropa, un joven scout de corbata de algún color y barba pelirroja trataba de hacer equilibrio arriba de todo, mientras gritaba que acomodaran acá o allá y señalaba con el dedo “¡cuidado! ¡ahí no, no no no. Del otro lado, que no se venga en banda!”.

En otro sector, el grupo de armadores de cajas de cosas raras, que no se podían ordenar como medicamentos, ni camas, ni colchones, ni ropa, ni mucho menos alimentos, cosas raras como el cucharón de peltre, no me diga, el grupo de armadores metía mano armando los cartones, llenando y cerrándolos para despacharlos a la doble fila que se hacía el passing hacia el camión. ¿Quiénes eran las y los que armaban esos cajones además de los scouts de corbatas de colores? “No, yo no soy de nadie, vine porque quería ayudar y vine, pregunté cómo podía ayudar y me dijeron ayudame a cerrar estas cajas y acá estoy”, dijo Abi, en el Planetario. Como Abi, debía haber un número indescifrable y que nadie podía constatar seriamente de colaboradores voluntarios arrastrados por razones infinitas a ser eso, colaboradores, también una forma de donación, porque la entrega la hacía el cuerpo. Había que estar ahí, bajo el sol que todos, igual, bendijeron.

En Avellaneda, todo se desarrollaba sobre la avenida Mitre, frente a la plaza principal, la plaza Alsina. El escenario se instaló frente a la Tecnológica, sobre la plaza. A izquierda y derecha del escenario, los inmensos Scania aguardaban bolsas y bolsas y bolsas, colchones, camas, alimentos, y permanecerían allí para partir hoy hacia La Plata. En uno de los extremos, militantes de Unidos y Organizados, en el otro militantes de la Municipalidad que, además, festejaba su 161º aniversario, ordenaban, seleccionaban, rotulaban, cerraban cajas. La lógica era la misma que en el Planetario: cargar camiones para despachar. “Estamos así desde el miércoles”, dijo Ro, de UyO, mientras seleccionaba donaciones por ítem, distribuía tareas, subía bolsas y todo lo que todos los demás también hacían.

De las cifras, que siempre hablan, desde el Planetario, Juan Carr, de la Red Solidaria, anunció que frente a la Catedral y ayer desde el Planetario, habían enviado desde el miércoles 210 camiones. Que ayer lograron ocupar unos 15. Que durante estos días fueron donados 4,5 millones de litros entre agua y lavandina, 20 mil colchones y 50 mil frazadas. Desde Avellaneda, el conteo no era insidioso en las cifras. Pero se sabía que habían rellenado casi 10 camiones en el día.

En realidad, no importaba si se trataba de Unidos y Organizados, o si los de la pechera solidaria de Jorge Ferraresi, intendente Avellaneda, si los scouts, o las pecheras amarillas del PRO, si la gente que acudió al sur a dar todo lo que podía, o si la gente que acudió al Palermo a dar todo lo que podía. En realidad, ninguno de los 350 mil damnificados discriminará, no porque a caballo regalado no se le miran los dientes, porque la situación no está para eso. Más bien, porque donde hay hambre no hay pan duro. Y está claro que entre los envíos nadie donó alimentos o medicamentos vencidos sino muchas veces de buenas marcas y de primera línea. Sólo que tal vez, el acordarse del otro y sus necesidades haga de ropa vieja o de un colchón en desuso un lugar para dormir seco y algo de abrigo.

Todas y todos eran hormigas con adrenalina.

En: Página/12

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7 comentarios

Archivado bajo Crónicas

7 Respuestas a “Una multitud que pensó en el otro

  1. Imanol

    Muy buen día Horacio Cecchi, mi nombre es Imanol, tengo 18 años y soy estudiante de periodismo. Simplemente le escribo para hacerle saber que recién termino de leer su nota “Una multitud que pensó en el otro”. Una hermosa crónica.
    Ayer estuve en el Planetario y creo que su nota logró representar lo que ayer allí se vivió. Simplemente eso.
    Un gusto comenzar el lunes con una crónica así.

    Un saludo afectuoso.
    Imanol

  2. Amelia T.

    Horacio, con mucha emoción te felicito por tu nota de hoy en Página 12, el título lo dice todo, una multitud que piensa en el otro, me imagino por estos días un mundo donde ésto fuera una condición permanente…
    Gracias de corazón por tu relato tan claro y lleno de amor
    Un abrazo
    Amelia

  3. Fernando Gabriel D.

    Hola Horacio;
    Mi nombre es Fernando y soy lector de Página/12.
    En realidad soy de los lectores primeros de éste diario cuando Página/12 (según consideramos unos cuantos), era otra cosa. Cuando Página/12 era capaz de darnos una respuesta en mi personal opinión.
    En realidad no intento confrontar acerca del contenido de éste diario, al cual sigo ligado por la WEB…Seguramente algo de mi cariño adolescente esta aquí no? Ése que me hizo crecer en la Primavera Alfonsinista y putear en el calvario Menemista… pero bueh!!!!
    Como te decía; no se bien porque te escribo, pero sí tengo que decirte que raramente pude lagrimear con una nota, y fue la tuya (Los Sonidos del Corazón).
    En verdad quiero decirte que me encantó lo expresado allí, y que bueno que de forma sencilla se pueda mostrar tanto!!!
    Son unos días trágicos… días de mierda!!! pero es bueno ver que a pesar de tantas tristezas y de los cachetazos que recibimos casi a diario; los Argentinos no dejamos de creer…. Que se yo!!!
    Repito; no se bien porque te estoy escribiendo ésto, pero quería decírtelo….. me hiciste llorar Horacio, y es bueno tener la cara mojada cuando el otro esta indefenso y nos reclama… es esperanza sabes?… no es dolor.
    Es lo que nos dice que somos parte de la respuesta y parte de la revancha…. La Presencia de todos nosotros.
    Te dejo un gran abrazo, y gracias por regalarme tu tiempo y ayudarme a remarcar que entre tantas diferencias no somos desiguales.
    Hasta el próximo artículo!!!

  4. Claudia Borsa

    Estimado Horacio,

    Soy la madre del muchachito que aparece en la foto de tapa haciendo un “pasamano”, debajo de las fotos de Fito y León.
    Pertenecemos al Movimiento Evita de Avellaneda (mi hijo, Sebastián, a la JP Evita) y venimos, particularmente los jóvenes, trabajando para ayudar a los damnificados desde casi el primer minuto de la tragedia.
    Me parece muy acertada tu nota, bien descripta la manera en que se está trabajando y, sobre todo tus conclusiones, y cito :” En realidad, ninguno de los 350 mil damnificados discriminará, no porque a caballo regalado no se le miran los dientes, porque la situación no está para eso.”
    Solo me gustaría contarte que ese muchachito que fotografiaron desprevenidamente, no duerme desde hace días y el sábado, cuando regresamos de La Plata, no podía contener el llanto, igual que el resto de los compañeros. Estaban desconsolados.
    Esto puede ser una anécdota ofensivamente trivial en medio de tanta pérdida, pero lo que me conmueve y me motiva a escribirte es que la enorme mayoría de los hombres y mujeres, chicas y muchachos de la organización que concurrieron sin dudar y trabajaron en la limpieza de calles y casas de un barrio platense, son de la más humilde condición. Tal vez de barrios más carenciados y castigados permanentemente por las inclemencias del tiempo. Son los que sufren las sudestadas, los que soportan las voladuras de techos en cada tormenta, los que nunca son socorridos por vecinos con más suerte en la vida, por el contrario, son objeto de rechazo porque sus casas precarias “desvalorizan” las otras propiedades.
    Hubo que poner manos a la obra por los damnificados y miles de manos curtidas por el trabajo duro, la pobreza y el dolor, allí estuvieron sin preguntar a quien.
    La nobleza de esta gente, mi gente, me llena de orgullo.
    Te agradezco profundamente el reconocimiento a todos los que están trabajando para ayudar volcado en esta nota.

    Un abrazo
    Claudia Borsa
    La Fábrica
    Emprendimiento Productivo y Cultural
    Asociación Civil
    Mov. Evita Avellaneda

  5. marilina cuesta

    la nota es maravillosa, pero los comentarios que te dejaron me hicieron lagrimear. Es muy extraño ver el efecto multiplicador de la difusión de gestos de amor cuando, todos los días, se leen las tristes crónicas de la maldad humana. Más que esperanza da certeza de que sí podemos ser buenos. Un abrazo.

  6. alba noemi perez saiz de naistud

    Querido Horacio,muy sentidas y hermosas palabras,destacando la solidaridad de un pueblo que dio mucho mas que un bien material,dio entrega pensando en el otro.
    Las legendarias rivalidades platenses ,hinchadas con sus colores ,que dejaron de lado y codo a codo trabajaron juntos como buenos vecinos.
    Que satifacción ver a tantos jóvenes,hormigas cargadas de adrenalina,como bien decís,verdaderas cadenas humanas,colaborando por uno y todos.
    Gracias por tu artículo cargado de mensaje esperanzador,un cucharón de peltre o el mejor colchón,dan la pauta,que el ser humano sabe despojarse de sus cosas,hasta muy queridas,para ayudar pensando en el otro.
    Abrazo enorme.Alba.

  7. María Fernanda

    Hola!
    Llegué a tu nota porque Abi me habló de vos cuando le conté que estudio periodismo y que hacía un rato habías pasado buscando testimonios.
    A ella y otros colaboradores de ese día seguro que nos las voy a ver más (o tal vez sí, quien sabe), pero me atesoré tu nota como un lindo recuerdo de toda esa gente desconocida que se unió para hacer un bien común a pesar de tanto dolor.

    Lo de los aplausos es tal cual lo contás, era inevitable no sentirse así. Ese día no me quebré porque había que seguir trabajando, pero ahora leyendo esta nota lo recuerdo y confieso que se me caen las lágrimas, no sólo por los camiones sino por todo lo que vivimos como sociedad esta semana.

    Te agradezco por contar lo que viste con el corazón más allá de cualquier parámetro periodístico.

    Te mando un abrazo!

    Fernanda

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