Axel López IV


Sobre el episodio de la provincia del Chaco, lo que se dice y lo que se oculta

Ricardo Machado *

Más de lo mismo y, además, esperable que su ocurrencia continúe por todo el tiempo que el erróneo término tratamiento (por inconsistente desde lo epistemológico, operativo o resultados) continúe entronizado en la ley y los reglamentos que regulan la cuestión carcelaria.

La alocada relación de este concepto con otros legales y reglamentarios –pronóstico, diagnóstico, riesgo, adaptabilidad o el no menos opinable reinserción- que exigen la capacidad de corregir y de prever conductas como si fuese una cuestión de simple voluntad, expone a cada uno de los actores –agencias penales, justicia y sociedad íntegra- a sufrir las consecuencias.

Desde las agencias penales se implementan pomposamente medidas con propósitos terapéuticos, correctivos o pedagógicos cuyo fin es modificar conductas, pero estas medidas (programas) no tienen otro sustento que la buena voluntad ni otros medios profesionales que los escasísimos con los que se cuenta en las prisiones. (Hacia 2009, por mi función en el Instituto de Criminología del Servicio Penitenciario Federal, me tocó evaluar y pronunciarme negativamente por su insostenibilidad, sobre un programa de recuperación de los agresores sexuales que, al poco tiempo de que se dispusiera mi retiro, se implementó en algunas prisiones federales y que podría ser el que –más allá de algunas modificaciones introducidas- se aplicó en el reciente caso del Chaco).

Desde las agencias de asistencia post penitenciaria se guarda un silencio de impredecible origen causal: Prudencia? Desencanto? Escondrijo?

Desde la justicia nos encontramos con fiscalías de No fácil que, casi como un acto reflejo, se oponen a cualquier soltura. La negativa galvaniza contra errores, ya que lo que trasciende son sólo los casos de reincidencia. El delincuente encerrado no conlleva otro peligro que para las férreas rejas, los sólidos muros, los templados agentes penitenciarios o los endurecidos pares. “El único indio bueno es el indio muerto”, según la lógica del general Sheridan. ¿Quién, -como no sean algunos miembros del entorno íntimo, de voces opacadas por la falta de eco en la gran prensa- va a reclamar por el que sigue encerrado a pesar de corresponderle la libertad? El fracaso en el caso de un liberado es suficiente: nunca más una libertad, nunca más un régimen de salidas temporales.

Algunos peritos con formación en las cuestiones de la personalidad emiten juicios como podría emitir cualquier persona de buena voluntad pero con un volumen de información más limitado. Advertir que “… si bien no es posible predecir científicamente la conducta con respecto a la posibilidad de reincidencia en delitos contra la integridad sexual, existen factores de riesgo de reincidencia” deja en inmejorable posición  a quien confeccione semejante informe, dado las bajísimas –casi nulas- posibilidades de error. Aplicable al fracaso o al no fracaso. Quien lo suscribe puede sentirse henchido de orgullo pase lo que pase. Si el egresado continúa por un rumbo correcto, él había advertido sobre la inconsistencia científica de pronunciarse en contra de la soltura invocando el riesgo, pero si ocurre lo del Chaco, entonces, ahí si, es la hora de mostrar orgulloso la porción de texto que vaticina la existencia de factores de riesgo de reincidencia. Receta infalible para estar tranquilo anticipadamente.

Quien debe tomar la decisión tras sopesar las diferentes intervenciones, es quien, junto con la sociedad, asume el mayor riesgo: el juez que decide obrar conforme a derecho. Y para tomar la decisión analiza la situación en pasado y presente, a sabiendas de que no puede analizar el futuro. Sencillamente porque este no ha ocurrido todavía. Pero ante el fracaso, lo que se invoca desde quienes lo atacan es su escaso apego o nula capacidad de anticipar lo que sucederá.

A la sociedad, que no fue instruida ni estimulada como para cumplir con la cuota de participación que le corresponde, aportando la comprensión y el apoyo que la ley establece, le queda entonces contribuir al drama con lo que generalmente aporta: la víctima.

Se desata, ante esto, la parafernalia de las hipocresías y la caza de brujas en un sálvese-quien-pueda que pone en blanco sobre negro las limitaciones de un sistema, las apetencias de los oportunistas y, en definitiva, los exabruptos que surgen al amparo de las angustias atroces y las malas intenciones.

En este escenario, se ve con transparencia el resultado. Son claras, en este sentido, las palabras de Wolney Perrucho Jr., juez brasilero de Bahía, quien decía que, ante hechos como el presente, hay dos nuevas víctimas: la del propio hecho –la infortunada e inocente Tatiana- y el Juez, mi amigo Axel López.

* Sociólogo – Docente

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