Con v de vidrio y vida corta


 UN CHICO APUÑALO A OTRO POR ROMPER UNA VENTANA

Por Horacio Cecchi

Miguel Angel Salinas, padre de Julito.

La pala mecánica clava sus dientes, arrastra el pedregullo con estrépito, levanta y descarga en la caja del inmenso camión levantando una polvareda que ciega. Vuelve a clavar sus dientes, vuelve a arrastrar el pedregullo, el ruido es ensordecedor. A Miguel Angel Salinas casi no se lo escucha y tiene que gritar para decir que le arrancaron a su hijito de 12 años a puñaladas. Viendo el lugar, su casa, la de su familia, ese inmenso galpón abandonado, oscuro y húmedo, al costado de las vías del tren y dentro del

corralón ensordecedor, cualquiera diría que no es que grita por el ruido sino porque nadie lo escucha. A Julito lo velaron ayer, en el mismo galpón, sobre el recorte de una alfombra azul recuperado de algún volquete. Lo velaron durante media hora y después lo llevaron en una Trafic al cementerio. A doscientos metros de allí, en una casa de tres plantas sobre la calle Honduras al 5300 y la vía, vive el chico de 17 años que lo mató a puñaladas después de que Julito rompiera un vidrio jugando con unos amiguitos a cazar palomas con una honda.

El sábado 11, pasadas las dos y media de la tarde, Julito Salinas, de 12 años, jugaba con su amigo Josecito, a un costado de los galpones abandonados del ex San Martín, ocupados en buena parte por el corralón de una empresa y en otra parte por un grupo de familias (entre ellas los Salinas) tan abandonadas a su suerte como los galpones. La construcción se estira desde Paraguay hasta Honduras, paralelo a la Juan B. Justo y encerrado entre las vías del ex San Martín y otra línea de vías de carga, en desuso, que pasa por detrás de las ex bodegas Giol. Jugaban con una honda a cazar pajaritos contra el paredón que da a la vía, por fuera del portón del corralón.

Una piedra se incrustó en un vidrio amarillo del último piso de una casa de Honduras y la vía y lo rompió en un diámetro de no más de cinco centímetros. En la casa vive una mujer, viuda y con siete hijos. Uno de ellos es oficial de la Federal. Otro, de 17 años, fuera de sí, salió en un absurdo arranque de venganza con uno o dos cuchillos en la mano. Algunos testimonios dicen que lo acompañaba una hermana. El relato de los vecinos de la calle Honduras coincide con el de los vecinos de la calle interna del corralón: “Salió el pibe con los cuchillos. Josecito se escapó, pero a Julito lo alcanzó. Ahí, en esas bolsas”, señala Rubén, un amigo de la familia Salinas (“yo voy con ellos a todos lados porque ellos me hicieron un lugar sin preguntar nada”, dice Rubén, reconocido), el lugar donde Julito recibió las siete puñaladas. “Ahí, en esas bolsas”, y muestra una mancha de sangre contra unas enormes bolsas con pedregullo, donde parece haberse apoyado Julito cuando le empezaban a faltar fuerzas. Una allí y allí otra y otra contra el borde de la persiana metálica de HDL, la empresa distribuidora que carga camiones con pedregullo.

Según Rubén, el muchacho “le empezó a dar puñaladas aunque Julito estaba en el piso. Josecito vino por atrás con un palo para salvar al chico, pero la hermana del flaco lo alertó. ‘Que querés, que te mate a vos también’”, le dijo y corrió al amigo sin alcanzarlo. Jopito, otro chico habitante de los galpones, amigo de la víctima, vio todo. “El pibe después corrió a la calle –dijo, señalando la puerta del corralón, sobre Honduras–, dio la vuelta y se metió en la casa y nosotros fuimos corriendo a pedir ayuda.”

Fueron hacia el fondo, hacia el galpón más cercano a Paraguay, donde viven los Salinas y Rubén y los otros. “Miguel Angel lo levantó”, describió Rubén. Miguel Angel es el padre de Julito. Cartonea en el puente de Córdoba y Juan B. Justo. Ahí empieza su recorrido. El sábado justo estaba allí cuando le vinieron con el cuento de que el Colo (así le dicen al chico que atacó a Julito) había apuñalado a su hijo. Corrió y llegó para levantarlo en brazos, tal como contó Rubén, mientras el mismo Rubén y Josecito y todos los que estaban ahí dentro corrían los 200 metros hasta la calle Honduras a pedir ayuda, porque la ambulancia no llegaba y la policía tampoco.

A Julito lo subieron a un taxi, conducido por un comedido que no se amilanó en trasladar a un chico morochito y para colmo ensangrentado hasta el Fernández. “Igual, se nos murió en el camino”, dice consternado Miguel Angel. Que la policía haya llegado hasta lo del Colo para Rubén tiene una lectura: a la tarde del sábado habían mandado tres colectivos con hombres de infantería que se cubrían con escudos. Dicen que el pibe estaba prófugo y que se entregó en la comisaría después. “Mentira, si nosotros lo vimos cómo entraba en la casa y recién lo sacaban el domingo a la madrugada. Lo estaban protegiendo porque tiene un hermano policía. Casi un día lo tuvieron. Si yo mato a alguien como hizo él, sabés cómo me vienen a buscar a los cinco minutos. Nos sacó el pibe de las manos, no le podemos prohibir que juegue y por cinco minutos de dejarlo jugar nos quedamos sin el pibe.”

Miguel Angel todavía no entiende y va a ser difícil que lo pueda hacer durante un buen tiempo. Su rostro está marcado por una fatiga diferente a la del cansancio físico que le provoca el cartoneo. Sube los peldaños de la escalera desvencijada que lleva a su galpón y los vuelve a bajar, una y otra vez. Adentro, los amigos y los hermanos de Julito, la mamá y la tía, todos miran y someten su dolor ante las cámaras.

“Le hizo un buraquito al vidrio y vino éste y le hizo siete buracos en el cuerpo a mi hijo”, eso es lo que pasó, dice y repite al periodismo. Dentro, entre la humedad y la negrura del ambiente, se abre una alfombra azul, un retazo rescatado de la calle, donde velaron el cuerpo de Julito durante media hora, ayer por la mañana antes de llevarlo al cementerio.

En: Página/12

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