La feria de las esperanzas


LA CANTIDAD DE VENDEDORES DESBORDO EL RETIRO

Por Horacio Cecchi

Fue un domingo de feria. Al menos, en Retiro. Frente a la Terminal de micros, sobre la avenida de los Inmigrantes, la misma de los Tribunales y del Edificio Cóndor de la Fuerza Aérea, se instaló el nuevo Paseo El Retiro, dedicado a vendedores de artesanías. En su primer día, la organización quedó desbordada: alrededor de 1500 puesteros ocuparon las estructuras armadas por

el gobierno porteño, pero las estructuras no alcanzaron y otros 500 debieron extender lonas sobre el suelo para exponer sus artículos. Un camión cisterna, baños químicos, servicio médico, instalación eléctrica, uniformados, y hasta una banda de la Fuerza Aérea fueron los servicios aportados por las autoridades, además de un escenario en el que se montaron espectáculos para atraer al público. Estaban prohibidos los puestos de reventa: alrededor de 400 pedidos fueron rechazados por ese motivo. Algunos se instalaron desoyendo la prohibición. Más allá de las quejas, fue un primer día de tanteos: los vendedores se mostraron expectantes midiendo el perfil del público, el público midiendo la calidad de los artículos y los precios, y el gobierno midiendo al público y a los vendedores. En síntesis, un primer día de feria con expectativas.
Durante la semana, la avenida de los Inmigrantes viste de saco y corbata, o uniforme. Ayer, cambió de look: alrededor de 1500 mesitas con su correspondiente techo de tela conformaron el núcleo central del Paseo El Retiro. Remeras multicolores, velas, flores de papel, zapatos, monedas antiguas, libros y revistas, antiguedades y demás reemplazaron a los habituales abogados y atachés cargados de folios judiciales. A partir del mediodía había comenzado a funcionar la promocionada feria de los artesanos, conformada por puesteros de diferentes zonas en conflicto, especialmente del Parque Rivadavia y la peatonal Florida.
Sobre la escalinata de los Tribunales, una multitud se cubría del sol, mientras los Inmigrantes pasaba a ser una especie de bazar persa. Ya desde las 6 de la mañana, una larga fila de concursantes a puestos, frente a las oficinas portátiles montadas por el gobierno, preanunciaba el desmadre posterior. “El jueves pasado, a la noche, cerramos la inscripción –dijo a Página/12 la subsecretaria de Espacios Públicos y Desarrollo Humano, Margarita Charriere–. A esa altura ya eran 1930, y el viernes siguieron pidiendo anotarse. Eso nos mostró que el proyecto fue atractivo”.
Lo cierto es que, por un lado lo atractivo y por el otro la crisis, desbordaron la organización. A media mañana, la extensa fila de aspirantes a puestos comenzó a tener inconvenientes cuando las autoridades comprendieron que no alcanzarían las estructuras. Muchos debieron conformarse con tirar una lonita sobre el césped. “Es cierto que nos desbordó, pero es el primer día –confió un integrante de la organización–. El fin de semana que viene va a estar resuelto el problema”.
Entre las pautas indicadas por el gobierno porteño, la más precisa fue la prohibición de habilitar a revendedores. “Rechazamos alrededor de 400 pedidos –confió Charriere–. No podemos habilitar a la venta pirata, ni a la competencia con comercios que pagan sus impuestos.” Esto generó algún altercado y la instalación de algún que otro puestito trucho.
“Nunca habíamos trabajado en esto –relató Susana, docente y dedicada a la ornamentación de vidrieras–. Con mi marido (Arnaldo) siempre hicimos artesanías, pero para nosotros. Por ahora trajimos lo que teníamos en casa, vamos a ver cómo funciona y si empezamos a producir”. En el puestito de al lado, Liliana, contadora, y su marido, Eduardo, bancario desocupado, aportaban la misma experiencia y expectativa. “Hay mucha gente paseando. Nos costó mucho ubicarnos –dijo Liliana–, pero estamos muy esperanzados. Es difícil reinsertarse y esto puede ser una salida”. Susana, por su lado, confesaba su asombro: “Ayer nos llamaron por teléfono a casa para decirnos que teníamos un puesto adjudicado. Esto es de ciencia ficción”. A unos metros, Daniel, Verónica y Gladys vendían sus artículos y promocionaban su puesto en el Mercado de Velez Sarsfield, en Liniers. “No sabemos si vamos a conservar el mismo lugar. Lo ideal es que se organice por zonas y productos”, decía Verónica. “No sé, no sé –explicaba un joven, mochila al hombro y novia a la mano, que recorría los puestos en forma selectiva–. Buscamos artesanos. Por ahora no vimos muchos.”
El canon que cobra el gobierno por puesto es de 10 pesos por día, o 15 por fin de semana. Por ahora, desborde mediante, colocar una lona cuesta 5 por día o 7 por fin de semana. La recaudación será entregada a la Fundación del Hospital Garrahan, la Fundación Huésped, y la Casa Cuna. Los puesteros de la Plaza Lezica, por ahora clausurada, tienen un mes de prueba exentos de pago. “A nosotros esto nos parte por la mitad –aseguró Jorge, ex Plaza Lezica, y uno de los que quedó sin puesto y debió extender una lonita para ofrecer sus monedas antiguas–. El público no es filatelista. Todos quedamos desperdigados. Allá llevábamos 70 años y el lugar estaba reconocido. Cualquiera sabía dónde se vendían estampillas. Ahora, no sé. El público es otro. Habrá que ver cómo funciona. Démosle un mes de plazo”.

En: Página/12

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