Y comieron perdices


EL CASAMIENTO DE MAXIMA

Sin su padre funcionario de la dictadura, se casó la argentina con el príncipe holandés. Hubo mucho entusiasmo y algo de escrache, y una multitud cantando que “bese al sapo”. Con tres piquitos, rompieron el protocolo. La calmada fiesta argentina.

Por Horacio Cecchi

“Kus de kikker, Max”, se leía en la sábana colgada de un balcón, al paso de la carroza dorada. “Kus de kikker, Max”, decían las pancartas que agitaba la multitud. “¡Kus de kikker, Max!”, bramaba la multitud naranja. Kus, en holandés, quiere decir “besá”. “Max” es Máxima. Triste imagen la de Guillermo: “de kikker”, significa “el sapo”. Besá al sapo, Max, para convertirlo en príncipe. No fueron los únicos cánticos que se escucharon a lo largo del desfile de Guillermo y lady Max. De algún modo, papi Zorreguieta ausente, estuvo presente: hubo insultos, latas de cerveza y pintura roja arrojados al paso del carruaje. Murga y cacerolazo. Pero es cierto: durante casi dos horas, la ceremonia civil, luego la religiosa, el paseo en carroza a lo largo de 3 kilómetros y el largo y caliente –al menos para los holandeses– beso que rompió la prohibición protocolar desde los balcones del palacio real concentraron la atención de 100 mil personas presentes y millones en todo el mundo. En simultáneo, 620 holandeses de la comunidad argentina festejaron a su modo en el palacio Sans Souci, de Victoria. Aquí no hubo exclamaciones, apenas un brindis matizado con dos “¡Hurra!”. No había ánimo de festejo. Holanda no sólo está distante en la geografía.

Lo primero es lo primero. No es posible dejar de lado la convocatoria popular de la corona holandesa: se calcula que alrededor de 100 mil holandeses se apretujaron a los bordes del vallado policial y se aglutinaron en la Plaza del Dam, en un despliegue inusitado, agitando banderitas naranjas, pancartas alusivas (incluyendo la del sapo), gritando y saludando, vitoreando entusiastas. ¿A quién vitoreaban? No sólo al hecho de la boda misma. También, y especialmente, a Máxima Zorreguieta –será lady Max, será Máxima de Orange, pero sigue siendo Zorreguieta–, que supo conquistar su corazón, como aseguran los holandeses.

Corazón que estuvo en juego, también, para la prensa rosa. La alegría había sido comprada, también, por una historia de telenovela, una plebeya a los ojos de la realeza, que logra saltar el corralito que impone el status, para atrapar al sapo al que convertirá en príncipe con un beso.

Por eso, para seguir con la crónica romántica, lo segundo es lo segundo: a las diez y cuatro de Amsterdam, seis y cuatro argentinas, en una mañana desacostumbrada por lo espléndida, de un día curiosamente capicúa, las puertas de la Beurs van Berlage, el edificio de la antigua Bolsa de Comercio, se abrieron para dar paso a Guillermo Alejandro de Orange-Nassau llevando del brazo a lady Max, quien portaba uno de los misterios más ocultos por la corona (el otro, la lista de invitados argentinos, ya había sido revelado): su vestido de novia, que arrancó suspiros y envidias, confeccionado por Valentino en seda color marfil, cerrado hasta el cuello alto, su parte superior ceñida que desprende una falda de caída suave hasta el piso, terminada en una cola de cinco metros, nada menos, y su velo, bordado a mano con motivos florales, cayendo desde la diadema hasta la cola. En su mano, el detalle del ramo de rosas, jazmines, lirios y gardenias blancas. Cabe aclarar, por qué no, que habían llegado en un Rolls Royce tan suntuoso como negro, año 1957, comprado por la reina Juliana, abuela de Guillermo.

Inevitablemente, como en cualquier boda real que se precie de tal, el condimento político subyace a la novela rosa. No en vano. Lo romántico del asunto no sólo tiene el sentido de provocar lágrimas y suspiros, sino también, de instalar imágenes como zanahorias: se hacen deseables pero jamás se alcanzan. Y fue el alcalde de Amsterdam, Job Cohen, que presidió la ceremonia civil, quien se encargó de poner el dedo en la llaga de una forma meridianamente lógica: recordó a un par de ausentes para que se los olvidara y no se empañara la fiebre rosa sobre el acto naranja. “Para el espectador superficial, esto puede parecer un cuento de hadas, pero usted –dijo, y se dirigió no casualmente con sus ojos a los de lady Max– haexperimentado ya las dolorosas limitaciones que este título impone, incluso en el día de hoy”. El par de ausentes eran papi y mami.

Curiosamente, fuera del recinto, la multitud clamaba por el cuento de hadas: “Kus de kikker, Max”, mientras un grupo de no más de 1500 personas (ver aparte) intentaba despojar de rosas y refrescar la memoria, cacerolazo mediante.

Al casamiento civil siguió la ceremonia religiosa, realizada en la Nieuwe Kerk, sobre la Plaza Dam. Mil seiscientos invitados, lo más granado de la realeza europea –no faltó prácticamente nadie–, Nelson Mandela, Kofi Annan y otros también participaron del fasto. El pastor emérito Carel A. ter Linden bendijo la unión de la pareja. Antes, consecuente con Cohen, reflotó el aspecto político para mantenerlo neutro: pidió a los asistentes pensar un momento en Argentina, que “está sufriendo dificultades tan dolorosas en estos momentos”.

El amor de Lady Max, según la mirada romántica, o su ambición, según una corte menos rosa, canjeó para la ocasión dos padres por uno. Eligió que papi y mami no participaran (por amor al príncipe o por llegar a ser princesa, según se vea), pero negoció en su lugar poner a otro, no menos conflictivo. El padre Rafael Braun, el cura católico argentino, amigo de los Zorreguieta y del dictador Jorge Videla –según el periodista Jan Thielen, para la revista Vrij Nederland, Braun había afirmado aquello de que “la tortura es inevitable en la lucha contra la subversión”–, pasó sin pena ni gloria. Leyó un pasaje de la Biblia, en castellano, siguiendo el rito católico en medio de un acto protestante, mientras las cámaras oficiales desmenuzaban la mansa alegría de ella, los ojitos que le hacía el príncipe, y el detalle de las manos entrelazadas.

Después, llegó el momento de la euforia del populacho. El griterío, los vítores, profundamente sentidos –por qué no–. El broche final del 2 del 2 de 2002 fue el balcón del Palacio Real. Allí, el ya principesco matrimonio saludó al pueblo que lo aclamaba. Allí, también, tuvo lugar un gesto de la ninfa convertida en leona: besó no una, no dos, tres veces, a cual más larga, al sapo para hacerlo príncipe, desatando la locura de la muchedumbre, aclamaciones en toda la plaza, un rugido naranja. Es cierto que lo que para los argentinos no son más que tres piquitos, para los holandeses desata euforias. Es, además, que el protocolo real lo prohíbe terminantemente. Sin negar el impulso romántico de Máxima, su gesto de rebeldía ante los límites impuestos –que en definitiva es lo que conquistó a los holandeses–, semejante desprotocolización no parece que vaya a ser merecedora de un reto, una reprobación de la reina madre. Al parecer, estaba ya permitido de antemano: las agencias europeas de noticias, anunciaban, horas antes, que el acto finalizaría con los labios estampados.

“Aaahhhhh”, suspiraron unos 500 holandeses cuando Maxima dio los piquitos. Y “ji, ji, ji”, rieron suavemente cuando el príncipe no lograba colocar el anillo de bodas a Máxima. No estaban en Amsterdam, donde todo era euforia y humos color naranja. Pertenecían a la comunidad holandesa en Argentina y fueron testigos de la ceremonia en directo, desde una gran pantalla colocada en el majestuoso palacio Sans Souci, en San Fernando. No había muchas intenciones de ensordecer con el festejo. Caras de alegría, sí. Sonrisas, sí. Pero con calma, nederlanders, que el terreno es otro y se sufre en carne propia. El mismo presentador, durante la reunión, reconoció al público que habían preferido un festejo calmo “por la crítica situación que estamos viviendo”, y se refería a la Argentina.

“¿Cómo que no aplauden?”, preguntaba al borde de la indignación una argentina, esposa de un holandés, que en el momento en que Maxi decía “ja” (sí), llegó a golpear sus palmas una vez. La quietud del resto la desdibujó. “Es el Corralito. Estamos perdidos. No nos salva nadie”, agregó muy malhumorada. El resto de la reunión: reencuentros tempraneros (todo comenzó a las 7 de la mañana), conversaciones de negocios, desayunoeuropeo-argentino, 620 chorizos, 540 kilos de asado, cerveza y mucho festejo interno.

También lagrimearon las damas, porque llorar no hace ruido, cuando en la gran pantalla del gran Salón Imperial, en ese preciso momento, Máxima no pudo reprimir su llanto. Sonaba en ese momento, en la Niewe Kerk, el acordeón de Carel Kraayenhof, interpretando “Adiós Nonino”, de Astor Piazzolla. No lloraba por lo que todos imaginan. Al menos, no sólo por eso. “Adiós Nonino” es el tema preferido de papi Zorreguieta ausente. Ayer, durante varias horas, el mundo entero asistió a la construcción de una nueva, rebelde, pero enamorada lady Di.

En: Página/12
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