Descenso al infierno


JUNTO AL CONGRESO, 30 PERSONAS VIVEN EN BAÑOS SUBTERRANEOS


Por Horacio Cecchi

Los baños públicos de Congreso, esas dos bocas negras y enrejadas que se abren en el suelo de la pequeñísima Plaza Lorea, entre Avenida de Mayo, San José y Rivadavia, fueron olvidados, dejados en suspenso desde principios de los 60, después de su inauguración en 1926. Allí, a poco más de 100 metros de donde los legisladores se reúnen a discutir leyes, y los jubilados y docentes a discutir las leyes de los legisladores, tres metros debajo de donde pasan diariamente millares de autos, colectivos y personas sin siquiera imaginarlos, 25 hombres, 4 mujeres y 2 niños, tan olvidados como los baños, viven de la caza de palomas y de mendigar, disimulados entre una capa de basura, inmundicias y ratas tan grandes como los gatos. Bajar esas dos escaleras es bajar, no sólo literalmente, al infierno.

–¿Está “el Loquito”?

“El Loquito” es una especie de contraseña y pasamanos entre el mundo de todos los días y la comunidad subterránea de los baños, un ex paciente del Borda que llegó a bajotierra por gracia y orden de sus instintos y que con el tiempo se transformó en el “poronga” del lugar –así le dicen a su líder, igual que en el lunfa carcelario–. Sin “el Loquito” ningún extraño podría bajar.

–No…, todavía no llegó… –responde “el Chileno”, un hombrecito de cara redonda, de voz suavizada que asegura ser colectivero “con toda la documentación en regla, pero me la robaron”. “El Chileno” está desplegando un colchón al sol, sobre el césped de la Plaza Lorea. Alrededor del colchón se extiende una multitud de bolsitas, latas, cacharros y un cajón de madera, también supuestamente en pleno proceso de secado. “Anoche se llovió todo y el agua va para abajo”, sostiene con certeza. Cerca de ellos, algunos de los cofrades, sentados en el pasto, se dedican a mirar lo que sea, especialmente mujeres. Las miran con hambre, igual que la que les pica en el estómago. En realidad “El Loquito” estaba en los bajos, en su aposento, descansando con su mujer, Marcela a secas, de 19 años según ella y de 15 según su carita y cuerpo de niña. Y cuando el “poronga” descansa con su Marcela no hay nadie que lo moleste. Mejor decir que no está. Hay que esperar y basta.

Cazan palomas y las cocinan en una parrilla improvisada.

En los cubículos hay una mezcla de basura, jeringas y olor fétido.

VIAJE AL FIN DE LA NOCHE

Cuando “el Loquito” se asoma en la superficie empieza el descenso. Hay dos entradas posibles: el baño de hombres, cuya boca se abre hacia el Teatro Liceo; o el de mujeres, hacia la esquina, allá donde San José da vuelta a la plaza antes de transformarse en Paraná. Ambas entradas, rodeadas por rejas, hace años tenían una puerta cerrada con candado, que no resistió a la insistencia de los golpes y quedó abierta. Pasando las rejas, unas escaleras cubiertas de barro y excremento conducen hasta la propia puerta de los baños, unos tres metros bajo el nivel de la calle. La puerta inferior, tanto en el sector hombres como en el de mujeres, está cruzada por barrotes. Pero tienen un boquete de unos 30 centímetros en la base. Esa es en realidad la puerta. Hay que colgarse de uno de los fierros transversales, estirar las piernas y deslizarse como en un columpio, colgado de las manos y rozando con la espalda los escalones, luego apoyar los pies más allá, entre las tinieblas y levantar la cabeza. Y ya se pasó, uno está del otro lado.

Dentro, en los baños masculinos, sentados en rondín junto a la entrada, donde llegan vestigios de luz diurna, aguardan “el Pata”, Pedro, “el Gato”, “el Viejo” y otros más. “El Loquito” se sienta. Detrás queda “el Chileno”, sin cruzar la reja. Marcela sigue en sus aposentos. Están todos sentados alrededor de una botella plástica de Paso de los Toros.

–¿Querés un sorbito? –ofrece Pedro, un personaje locuaz y de un discurso, por decir así, correcto, tanto que lo nombraron encargado de cerrar tratos para conseguir alcoholes y demás en el exterior. Pedro lleva tatuajes en sus brazos como evidencia de su paso por alguna que otra cárcel, es rubio y canoso a la vez, y a juzgar por su postura podría pasar por un muchacho de la superficie de no ser porque lo pierden el alcohol y los cigarrillos Achalay mezclados con tela de araña, un alucinógeno casero. El trago largo que ofrece Pedro es una mezcla de agua y alcohol de quemar, aromatizado con trocitos de cáscara de naranja.

Foto: Adrián Pérez

Marcela, la mujer del jefe, dice que tiene 19 años.

LA MUJER DEL JEFE

Foto: Adrián Pérez

Ellos ocupan la única “pieza” del lugar.

Cuando los construyeron, los arquitectos imaginaron los baños de hombres y mujeres separados por una gruesa pared. Pero los de abajo encontraron más práctico comunicarlos, y un buen día abrieron un boquete. No fueron los del “Loquito”. Los baños están cerrados desde hace por lo menos 35 años y no hay registro de quienes los ocuparon desde entonces. Cuando llegaron los del “Loquito”, el boquete ya estaba hecho. Les quedó una especie de loft marginal y subterráneo, cruzado por dos hileras de pilares que conforman un pasillo central y dos laterales. Sobre los costados se abren los cubiles de los baños que ocultaban los inodoros y los mingitorios, que ya no están, y los cuartitos de los lustrabotas. Todos los cubiles y ambos pasillos laterales están cubiertos de despojos de vaya a saber qué, una alfombra de basuras, jeringas, moscas revoloteando y olores fétidos. También a los costados, se despliegan los colchones donde todos duermen. Salvo, claro está, el del jefe, ubicado dentro de una piecita de 1,5 por 2 metros, que en su momento debió ser el cuarto del encargado y que ahora es propiedad del “Loquito”. Y su Marcela.

Marcela no es díscola, es más bien tímida, delgaducha y pequeña, pero alguna defensa tuvo que construir entre tanto hombre. Se conchabó al jefe. Cuestión de amor y de supervivencia. No fuera que le pase lo que a la otra, de la que nadie sabe el nombre, la chica down que cada tanto pasa buscando refugio y escapando del pastor mediático que la cuida. “Cuando viene hay festejo”, dice “el Gato”, de ojos tan cobrizos como su piel resquebrajada. Según cuenta, con la aprobación de sus compañeros, cada vez que pasa la chica down termina poniendo el cuerpo como juguete de los 25 que viven ahí abajo. “El Gato” también asegura haber mantenido un apasionado encuentro con Su Gímenez y abre una sonrisa con huecos negros. Difícil saber cuál de los dos cuerpos resulta más verdadero para ellos, ni qué hay de cierto en todo eso. Allá abajo, los límites entre la realidad y lo increíble son tan oscuros como las paredes. De cualquier forma, Marcela no está dispuesta a que le pase lo mismo, aunque no lo dice. Sólo se ve en las cicatrices de su mirada.

Liliana parece de 30 y pico, aunque su edad es un misterio. Tiene una nena, Silvana, de 1 año y medio. “Es mi ahijada”, dice “el Loquito” poniendo grave su voz. Silvana espera que Pedro –otro Pedro de los baños, más callado– termine de calentar la leche para la mamadera. Dice que “si no fuera por el cura de la otra cuadra estaríamos todos muertos”. Trabajaba de empleada doméstica, pero tiene la piel llagada y con sarna, “las patronas se asustan y me terminan echando”. Liliana era la mujer de Walter, el ex jefe del grupo, hasta que, dicen, el 14 de diciembre pasado murió de un fierrazo en la cabeza cuando peleaba con otra banda que pretendía hacerse del lugar. Podría ser que no haya habido tal enfrentamiento, podría ser que Walter haya desaparecido. Allí abajo da lo mismo. Walter dejó de estar y el grupo las adoptó. “Para que no se queden solas”.

PECHITO DE PALOMA

Hay otro chiquito, Eric, de 4 años, que salió con sus padres a buscar latas y cartones para hacerse de unos pesos. Tampoco está “el Pollo”, el famoso del grupo desde que fue protagonista de la película Pizza, birra y faso. Es fácil individualizarlo: anda sobre una patineta, sentado sobre sus piernas. Piernas es una forma de decir, porque parecen gomas. “¡Atátelas!”, suelen pedirle y él va y se ata las piernas por detrás de la nuca, con moño y todo. “El Pollo” va por los subtes pidiendo. “Se trae buena lana”, dice Pedro, el locuaz, “y la reparte para lo que haga falta. No mezquina nada”. Por el momento, de “el Pollo” sólo están sus patinetas. “Salió sin el vehículo”, suelta un chiste Pedro.

Antes había otra pareja con un chiquito. También un viejo. No “el Viejo” que está ahora, recién llegado, aceptado por el jefe aunque sea de la banda opuesta, los de la Plaza 1º de Mayo. La pareja fue expulsada porque armaba escándalo. Al viejo aseguran que lo quemaron ahí dentro. Así de simple, con la misma naturalidad con que dicen “ayer llovió, hay que secar los colchones”. “¿Por qué?”, es la primera pregunta que surge, como si hubiera respuesta. “Violó al chiquito. Le tiraron querosén y un fósforo, acá no van los violetas”, sentencia “el Loquito”, en tercera persona.

Detrás, junto al boquete que une los dos baños, hay dos pilas de ladrillos y cosas, unidas por una reja que hace las veces de parrilla. Debajo hay restos de un cajón quemado, como el que se seca en la Plaza Lorea. De la paloma no quedó nada. Lo último se lo comieron las ratas, confiadas y hambrientas, como puede verse por las mordeduras que muestran en sus dedos alguno que otro de los del grupo. Ahí abajo, los que sobreviven lo hacen cazando palomas. “Es fácil. Les vamos tirando cachitos de pan –explica “el Loquito”, haciendo el gesto como un chico, como si tuviera la mano llena de maíz–. Son muy mansitas, se te acercan y páfate, las metemos en una bolsa y les retorcemos la cabeza.” De las palomas y el “quemado” pasan a las paredes y el techo con una facilidad pasmosa. “Ustedes que tienen poder, díganle a las autoridades que queremos una casa”, dice uno de los del rondín. “Un calentador”, interrumpe, más práctico, “el Viejo”. Es el único momento en que la lógica de la superficie coincide, por así decirlo, con la del infierno de Lorea.


LA HISTORIA DE LOS BAÑOS PUBLICOS PORTEÑOS
“Hacen falta mingitorios”

 

Los baños públicos de la Plaza Lorea fueron construidos a partir de 1926, durante la presidencia del radical Marcelo T. de Alvear y la intendencia de Carlos M. Noel. Estaban incluidos dentro de un proyecto para la construcción de 16 baños que serían distribuidos en diferentes zonas de la ciudad y que demandarían un costo total de 340 mil pesos. Formaban parte de un proceso de varios años en los que se gestaron las primeras obras públicas con sentido social.

Según la documentación del Instituto Histórico de la Ciudad, el 5 de diciembre de 1925, el Boletín Municipal 558 publicaba el decreto firmado por el intendente Carlos M. Noel que decía así: “Acéptase la propuesta presentada a la licitación pública del 29 de octubre de 1925 por Juan F. Ameghino hijo y Pedro Milanese por la suma de 339.093 pesos moneda nacional para la construcción de WC y mingitorios subterráneos en el barrio de Belgrano, en Parque Patricios, Constitución, Caballito, Boedo, Barrio Norte y Congreso”. Uno de los primeros en instalar públicamente la idea de los baños públicos subterráneos fue el intendente Joaquín Llambías quien, en la Memoria y Balance de su gestión de 1918 decía, imbuido de pensamientos europeos, en el capítulo de Obras Públicas: “A los viajeros que visitan Buenos Aires les suele llamar la atención la falta de mingitorios…”. Llambías pasaba entonces a explicar en qué consistía la idea y el gestionamiento de mingitorios gratuitos, y retretes pagos: “…serán lo suficientemente amplios para contener además del mingitorio propiamente dicho, de uso gratis para el público, toilettes, WC pagos, cabinas telefónicas, lustrabotas y demás pequeños negocios cuya locación contribuya a hacer menos onerosa para la Comuna la construcción del edificio subterráneo”.

Los de la Plaza Lorea estaban integrados al espacio físico de la Plaza del Congreso, abierta en 1910. Por esos baños deben haber pasado buena parte de los 25 mil alumnos primarios que juraron la bandera en la plaza en 1916, los asistentes al baile público organizado para celebrar el cese de la guerra del Chaco en 1935, incluyendo unos cuantos músicos de las 24 orquestas que participaron. También fueron usados como hospital de campaña durante el levantamiento de Uriburu, el 6 de setiembre de 1930, cuando los cadetes sublevados del Colegio Militar avanzaron por Callao y se refugiaron de los disparos provenientes de la Confitería de El Molino y del Congreso. A los baños públicos subterráneos también los llamaban kioscos y se diferenciaban de los otros tres baños públicos, los de French 2459, Caseros 750 y Córdoba 2222, donde además de los retretes y mingitorios, había bañaderas y duchas, un cuarto para desvestirse, un equipo de médicos y un despacho de alquiler de mallas. En 1934, a los baños públicos habían concurrido 395.635 hombres y 152.774 mujeres.

En: Página/12

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2 comentarios

Archivado bajo Crónicas

2 Respuestas a “Descenso al infierno

  1. julio

    Terrible!! Son los los “Dalits” de nuestras castas argentina.

  2. CAROLINA VATCHOFF

    impresionante documento,no tenia idea.

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