Sorry, no Spanish


Por Horacio Cecchi

–Disculpe, ¿me podría alcanzar el pochoclo?

–¿What?

El pochoclo, ahí… la bandejita de pochoclo…

El inglés acodado contra la barra del pub mira primero hacia su derecha, hacia la bandejita de maíz saltado, después gira la vista hacia el grupo que lo acompañaba, otros cuatro señores con aspecto mitad operadores de Wall Street mitad marineros irlandeses que apoyan las pintas de ale y stout sobre la tabla y se dignan a observar con reservada curiosidad al extranjero que pregunta vaya a saber qué.

–There…, the bowl of pochoclo –insiste el preguntón, poniendo todo su ingenio en hacerse entender en un sajón por demás rudimentario.

–Oh!… shit!, the pop corn…, ja, ja! –responde el inglés y estira la mano. En cualquiera de los dos pubs, el Druid In o el Kilkenny, cualquier porteño puede pasar por extranjero. Lo más sorprendente es que ambos se encuentran en pleno microcentro de la ciudad autónoma, y nada menos que sobre la calle Reconquista. Pasando su umbral, anything goes.

Tres de los ingleses visten saco y corbata, el otro una camisa de mangas cortas y el quinto, el del what y el pop corn, bermudas a tono con su remerita verde loro. Los cinco de una edad promedio que alcanza con soltura los 50 y pico, no fuman, pero es obvio que su ansiedad oral la calman llenándose de cerveza. “No sé cómo se llaman, vienen siempre y toman cuatro o cinco pintas cada uno, conversan a los gritos, se ríen y después se van. Creo que son de la British Gas”, dice Cameron Gault, estadounidense, hijo de escoceses, con colita al corte Highlander, a cargo de la barra del Druid. Vale la pena subrayar que cada pinta es una copa de 522 mililitros de cerveza espumosa, que tratándose de la versión stout tiene un cuerpo tan denso como amargo y que la ale no le va a la zaga. Ninguna de las dos se encontrará en Buenos Aires, salvo en los pubs de la Reconquista británica y vaya que si son duras de tomar. Los muchachos de la British beben como si las pintas tuvieran agua, mientras pican con sus manazas puñados de pochoclo hipersalado que a su vez ejercita el deseo de calmar la sed con cerveza. En un pub, cerveza es lo que sobra y estos y otros individuos se empeñan en vaciar los barriles sin preguntar cuánto cuesta ni preocuparse por potenciales test de alcoholemia.

–… your phone… because… –junto a los cinco de la gasífera, más bien a sus espaldas y contra un rincón que protege de la luz y las miradas molestas, un muchacho de unos 30 años, cabellos ensortijados y muy largos, con cara de McBride o algo semejante haciendo juego con su camisa escocesa verde, azul y amarilla, conversa con una jovencita de no más de 25 que lo mira flemáticamente embelesada. El diálogo parece interesante, según se desprende de sus gestos, aunque sea imposible escuchar más que unos escasos silabeos. En el ambiente las conversaciones son de tono fuerte, pero no por lo que se diga sino por los decibeles, tan densos de cuerpo como la cerveza circulante.

–… no, no, ji, ji, I couldn’t… –responde ella. “Es argentina, pero no la conozco”, dice Cameron con una sonrisa de poker. “El es de una aerolínea, no sé si la British Airways, la Caledonian o cuál. A los dos los vi muchas veces, pero es la primera vez que los veo juntos”. Quizás nació una nueva parejita púbica, cosa que no es frecuente, al menos con el sentido que suele darse en los circuitos porteños. “Las mujeres no van a un pub de levante”, explica Roberto Amitrano, argentino pero criado en Inglaterra, uno de los dueños del Kilkenny de la esquina de M. T. de Alvear. “En un pub una mujer puede estar sola y nadie se va a sentir obligado a decirle nada. Ahora, si viene con ganas de levante, seguro que la va a pasar bárbaro”.

Es cierto, tanto en el Druid como en el Kilkenny, se ven mujeres solas o en grupo, nostalgiosas o divertidas a la par de los hombres, acodadas a la barra, sentadas en las mesitas devorando lonjas de celtic steak, tan sabroso como picante –a ninguna de ellas se les ha ocurrido preguntar aquello de las calorías, etc.–, echando mano al pochoclo y consumiendo litros y litros de cerveza. Y llama la atención porque la imagen de un pub, al menos la que dejan series y películas es de exclusividad masculina. “No es así”, asegura Amitrano. “Allá, los matrimonios se reparten, el hombre tiene su pub y la mujer el suyo”.

Los habitués se tiran contra la barra, como si accedieran a cierto sentido de pertenencia. Después de un complicado mecanismo de paso, codazo y sorry o excuse me en el que nadie se da por enterado, es posible acceder al último metro de los nueve en que se estira la barra del Druid, donde Gonzalo Díaz Stefani, uno de los cinco dueños del lugar, intercambia opiniones con un cliente sobre tal o cual cerveza mientras da un par de sorbos a su gaseosa. No tiene ni una pizca de irlandés porque su herencia sanguínea es celta-gallega. A unos metros, apoyado en su bastón tallado artesanalmente y que no usa por necesidad sino por distinción, Roberto Alvariño, especialista en cultura celta, envuelve a su ocasional interlocutor en interminables conocimientos sobre la historia de blasones y orígenes de la comunidad.

–… and tell me John, ¿what’s the matter? –pregunta una mujer muy fina, de cabellos cortos y muy colorados, sentada en una mesa con otros cuatro individuos, sorbiendo un vaso de whisky y picando un quesito. Estos son argentinos, los cinco; ella, docente de inglés, y desarrollan el método del spoken english in situ.

–¿Pardon? –dice la profesora y mira con ira porteña hacia la silla del fondo donde Brian Barthe sopla las estridencias de su gaita. La docente oculta su evidencia extranjera y continúa como puede con la clase. Los de la barra aplauden cada vez que Brian deja de soplar y mira al público. Los de la barra ya no son los gasistas. Son tres representantes de una empresa marítima. “Toman grog –dice Cameron–, una mezcla que voltea caballos. Vienen a sentirse como en su tierra”.

Para no pasar por porteño

Breve diccionario de bolsillo para moverse con soltura en un pub:

* Stout: cerveza negra Guinness, de una espuma densa like a rock.

* Ale: cerveza Kilkenny, tan densa como la Guinness, pero colorada y algo más fácil para el paladar porteño.

* Lagger: cerveza Warsteiner, rubia, para enclenques y poco innovadores.

* Pop corn: pochoclo bien salado para pedir otra stout.

* Irish stew: guiso de cordero con papas. Aconsejable en invierno.

* Shepperds pie: pastel de papa y carne de cordero con queso gratinado.

* Celtic steak: carne a la pimienta embadurnada en hierbas.

* Bartender: al hacer su pedido no diga “barman, por favor” sino “bartender, please”.

* Irish coffee: resulta obvio.

* Grog: trago largo, mezcla insoportablemente fuerte, servido en Druid In.

* Jack, le petit prince: trago largo servido en Kilkenny, de bourbon y pernod.

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