Una multitud hambrienta que estiró las manos


Por Horacio Cecchi

“Hoy tengo fideos para la noche.” La mujer, de unos 30 años, exultante, había logrado rescatar del amontonamiento un paquete de “víveres”, de los que repartían los muchachos de un centro cultural aimará, después de mantener una ardua negociación con el supermercado Carrefour de avenida La Plata. Ella y otras 500 personas más, de las 5 mil que viven en la villa del Bajo Flores, habían tenido suerte. “El que no consiguió nada, igual va a recibir de sus vecinos”, dijo desplegando una sonrisa desdentada mientras señalaba el frente de la Escuela Secundaria 3, en Chilavert y Andonaegui, en uno de los bordes del asentamiento, donde el miércoles sus habitantes se fueron reuniendo a medida que se corría la voz: “Reparten comida, reparten comida”, y de la nada surgieron cabezas que alimentaron un ejército hambriento avanzando por los estrechos pasillos de la villa.

Todo se inició en forma casi espontánea. Es cierto que detrás de la organización estuvieron los integrantes de un centro cultural próximo a la comunidad boliviana, pero en el Bajo Flores el hambre no parecer tener dueño: es una de las pocas propiedades que se reparte indiscriminadamente. “Empezó a las tres de la tarde, ¿no, Miryam?”, dice Analía Díaz, de 26 años. Miryam es Miryam Pinto, su suegra, de 44. Las dos están sentadas en una de las callecitas de tierra, cascote y vidrio de la 1-11-14 –como reconocen al asentamiento en el catastro municipal–. Alrededor hay una decena de chicos de entre 1 mes y 10 años, todos de la familia. “Los paquetes eran de 10 kilos más o menos. Tenían jabón en polvo, azúcar, yerba, fideos, leche, una lata de tomate”, dice Miryam y despliega uno de los envoltorios de plástico. “Hasta pusieron arroz Gallo Oro y a algunos les tocó jabón Nivea, que es uno de esos caros, y pañales”, agrega Analía al borde de la emoción.
“Yo me enteré porque me dijo ella”, y señala a otra vecina. “No sé quién lo organizó, pero había que ir a Carrefour a pedir. Hubo que caminar como 20 cuadras de ida y 20 de vuelta. No sé cuántos éramos, pero poné, no hubo disturbios. Los del supermercado nos hacían ir para un lado, después para otro, y nosotros sin chistar obedecíamos. Los que entraron debían estar arreglando cuántos éramos. Primero los paquetes iban a ser de cinco kilos, pero después los hicieron de diez.” Y mientras se cosían los bordes de la negociación, que llevó varias horas, sobre el playón de Carrefour entre 200 y 300 personas soñaban con el guiso o los fideos, y un ejército de policías hurgaba entre la muchedumbre algún gesto desafortunado. Pero no lo hubo.

Miryam avanza por el pasillo. Desde la casa de su nuera, en el barrio Illia –un complejo de monoblocks bajos, construido hace unos 15 años, con mejores estructuras pero habitado con la misma pobreza–, hasta la suya, en el corazón de la villa, hay que recorrer un laberinto de no más de medio metro de ancho, con puertas y puertas que se van abriendo a su paso. Tiene 12 hijos, entre varones y mujeres. Una de ellas, Verónica, tiene 21 años y no pudo ir al reparto porque tiene una beba, Candela, de 1 mes.

La casa de Miryam es muy pequeña. La puerta de entrada da a la mesa en la que reposa el paquete obtenido en el reparto. Es cierto, tiene arroz de marca. “Esto tenemos que estirarlo como un chicle. Daba pena escuchar a los vecinos cómo se venían contentos porque iban a preparar la cena”, dice la dueña de casa. “La situación está mala, mala. Mucho peor que antes.” En eso llega una vecina, Cristina. Tiene cuatro hijos, el marido “hace changas”. Aunque tampoco llegó al reparto, su vecina le dio parte de su paquete. “A los chicos les damos pan a la mañana, leche el que consigue, a veces azúcar. Al mediodía comen en la guardería, pero a la noche cierran, así que de cena les preparo un mate cocido o un tecito. Esta vez voy a preparar un guiso”, explica Miryam, mientras pasa un repasador a la mesa.

Ninoshka Godoy dirige el comedor Niños Felices. Nino, como le dicen en el barrio, se enteró del reparto pero no quiso ir. “No es que esté en contra. No fui porque tuve miedo de que dijeran que no, de que no dierancomida. No sé qué hubiera pasado entonces. Se va de mal para peor. Me doy cuenta por la presión de la gente que viene a pedir comida, es muy grande. Acá recibo todos los días a 400 personas que tienen hambre. Los comedores son los contenedores de un estallido.”

En: Página/12

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